José Manuel Pérez Ovejas | Enólogo y director general de Bodegas Pérez Pascuas

 

He crecido entre viñas. El mundo del vino es mi pasión y lo vivo con un enorme entusiasmo, casi enfermizo. Mi biografía está completamente vinculada al mundo vitivinícola y conozco, creo que bastante bien, las elaboraciones que se llevan a cabo en Castilla y León. En nuestra comunidad se producen vinos de alto nivel, dentro de las Denominaciones de Origen y fuera de ellas. Dejando a un lado las categorías inferiores, que también existen, se pueden establecer dos niveles de calidad claramente diferenciados: los buenos vinos y los grandes vinos.

Elaborar un buen vino con la tecnología actual y el conocimiento enológico de los técnicos tiene cierto mérito, pero no resulta muy difícil. Los buenos vinos están bien hechos y expresan características que el consumidor entiende fácilmente a la hora de beberlos. Alcanzan cierto éxito comercial y los precios, en la mayoría de los casos, son comedidos. Pero, evidentemente, no estamos en la cima de la montaña. Este lugar está reservado para el reducido grupo de los grandes vinos de verdad, que son creados por bodegas de enorme prestigio y que han demostrado una trayectoria impecable, año tras año.

Un gran vino, en cambio, es aquel que te llega a emocionar cuando lo pruebas. Posee una singularidad que lo hace ciertamente único. Son aquellos que poseen alma por su particular terroir (término francés para describir una determinada zona geográfica donde está emplazado el viñedo, que goza de unas características geológicas, climáticas, ambientales específicas que lo hacen diferente a otras zonas). Y de Castilla y León he probado a lo largo de mi vida profesional algunos grandes vinos, que me han impresionado por su originalidad y autenticidad. Yo los elevo a la categoría de sublimes. Son verdaderas obras de arte que casi te hacen derramar alguna lágrima cuando tienes la copa en la mano. Es la grandeza personificada, casi como tocar el cielo con la mano. La sensación, cuando estás descubriéndolo, no es fácilmente descriptible. Esos vinos mágicos que siempre recordarás por el momento de gloria que te han hecho vivir y que perdurarán en tu memoria. No es fácil toparse con vinos tan excelsos, que se hallan en esta élite y que te cautivan para siempre.

Pero, ¿cómo se crea un vino de esta dimensión? Tienen que sumarse muchos factores para conseguir este resultado grandioso: viñedo privilegiado, sabiduría vitícola, elaboración genuina, conocimiento, intuición, experiencia, talento, pasión… y más.

Buenos vinos hay muchos en el mercado, pero grandes vinos hay muy pocos. Y sí, en Castilla y León los tenemos. Debemos seguir trabajando para continuar en la ‘Champions League’ de los vinos, compitiendo con los mejores del mundo. Tenemos que sentirnos muy orgullosos por lo que representa Castilla y León en el panorama vitivinícola a nivel mundial. Aquí poseemos una enorme diversidad de variedades de uva (más que en toda Europa) y de vinos. Hay unos grandes viticultores, bodegueros y enólogos. Pero no podemos pensar que hemos conseguido todo. No conviene bajar la guardia. Si somos conformistas o autocomplacientes y perdemos la humildad dejaremos escapar el trabajo y esfuerzo realizado durante muchos años y caeremos en la mediocridad. Dejaremos de estar entre los mejores. Y ese no es el camino