Los hornos de la comunidad, y en particular los de Palencia, son famosos por sacar al mercado tradición e innovación en este producto a base de cereales y azúcar

 

Mucha tradición, olor y sabor; buena producción y distribución y, en la memoria, la desaparición de alguna marca famosa y muy familiar de esta comunidad. Galletas. De chocolate, con nata, integrales, para celíacos, con mantequilla o aceite, caseras o industriales, dulces o saladas. Todo un mundo de formas y sugerencias que tienen en Castilla y León una tierra de creadores, de innovadores y, sobre todo, de cultura y consolidación; en particular, pero no solo, en la provincia palentina.

Hechas en casa, garantizan la materia prima de calidad; si son compradas ya muchos etiquetados dan la satisfacción de que el aceite empleado es de oliva o de girasol, y se evitan así otros aceites “malos”, aunque a veces ponen la etiqueta de aceite vegetal como si fueran recomendables, pero que pueden ser de coco o de algunas semillas poco aconsejables.

Hay que retroceder 10.000 años para dar con el origen de las galletas. Cuentan las historias que fue un fallo al realizar una especie de sopa de cereales que se sometió a excesivo calor durante el tiempo suficiente para que se endureciera, lo que le dio nueva forma. Esta característica, su consistencia, permitía su traslado durante largas travesías sin que se deteriorara, especialmente en cuanto a sus cualidades nutritivas y de fácil asimilación -otra cuestión es que terminaran con el sabor rancio que provoca la humedad si no se aíslan bien-.

Su principal componente son los cereales y su historia está, por eso, muy ligada a ellos. Se han encontrado galletas de más de 6.000 años cuidadosamente envueltas en yacimientos arqueológicos en Suiza. Fue, por lo tanto, uno de los primeros alimentos cocinados.

Actualmente, son crujientes o esponjosas, redondas u ovaladas, corrientes o enriquecidas con frutos secos, pasas, cremas o trozos de chocolate. En la antigüedad, obviamente, no existían opciones, y una galleta era una oblea plana y delgada, dura, cuadrada y, lo fundamental, “doblemente cocida”.

Alrededor del siglo III antes de Jesucristo, la galleta apareció en Roma como un delgado bizcocho, el “bis coctum” en latín que apuntaba a esa cualidad principal, la de “dos veces cocido”, como alusión a su escasa humedad en comparación con la del pan o la de un pastel. Los romanos no las mojaban en leche, sino en vino. La costumbre de endulzarlas comenzó a ser de interés culinario después de la Edad Media. La historia escrita de la galleta ha tenido una presencia discreta comparada con la de otros alimentos porque no llenaron los hogares, adornaron los desayunos y se crearon marcas de mercado hasta hace unos cien años.

La palabra “galleta” tiene su origen en un alimento habitual en Francia en el siglo XIII, una variante del “crêpe” llamada “galette”.

Durante el Renacimiento, los Médicis introdujeron por primera vez en la Corte las galletas, presentándolas como algo sabroso para acompañar a una bebida caliente: se acababa de descubrir el chocolate y qué mejor compañía. La producción masiva se produce en los siglos XVIII y XIX en Europa. Ahora es internacional, asequible y en cómodos envases. En su caja o en una lata se conservan bien y son buena base para hacer tartas.