Las tradiciones toman las calles de muchos de los pueblos de la geografía castellano y leonesa

María Jesús Pascual |

Si había una época del año en la que envidiaba a mis primos de Chañe (Segovia) era la Semana Santa. Los que veníamos de la capital teníamos las vacaciones ajustadísimas, pero a los escolares de Castilla y León, ya entonces, la Pascua les duraba más allá de la Muerte y Resurrección de Cristo. Eso me producía una gran envidia y, como Calimero -el mítico pollito televisivo con medio cascarón en la cabeza-, le decía yo a mi madre: «¡Esto es una injusticiaaa…!». La importancia que le daba a esa falta de sintonía entre las fechas vacacionales madrileñas y las de mi pueblo segoviano obedecía, sobre todo, a que me perdía lo que yo valoraba como lo mejor de la Semana Santa, algo que ni remotamente podía hacer en Madrid: la tradición de ‘rodar el huevo’. Es cierto que en la Semana Santa chañera de mis recuerdos hay momentos mucho más solemnes que, por fortuna, cofrades y quintos se han empeñado en mantener.

No hace tanto que el Monumento ha sido restaurado, un decorado imponente en su sencillez pictórica, casi infantil por sus coloridos dibujos ajenos a la perspectiva, que se coloca en el altar mayor de la iglesia de San Benito por estas fechas. Siempre me han fascinado los supuestos soldados romanos, con armaduras completamente anacrónicas más propias de los tercios de Flandes que de las legiones instaladas en Judea.

En el ritual de velar frente al sagrario, a la niña pequeña le volaba la imaginación admirando esas pinturas que hoy lucen espléndidas. Solo la carraca me sacaba, con un respingo, de mis ensoñaciones por las tierras lejanas de las Escrituras. La Carrera hacia el calvario rural, en la que participan casi todos los vecinos del pueblo, es otra vivencia impactante.

Mis primos eran objeto de mi admiración porque podían llevar los faroles y custodiar al penitente -con capa y descalzo por esa tierra gris que producen los pinares- hasta la ermita. Y con un frío de mil demonios, mientras cantaban un ‘miserere’ autóctono -hombres por un lado, mujeres por el otro- cuya letrilla cambiábamos los niños por lo bajini y aguantando la risa, por nombres y chascarrillos vecinales, completamente inconscientes de la trascendencia que el cántico tenía para los mayores. Desterrados de los juegos de adultos, esas ‘chapas’ pecaminosas en las que se jugaba la túnica de Cristo en los bares hasta el amanecer, los niños centraban su ilusión en el martes de Pascua, día en el que nos sentíamos y éramos los auténticos protagonistas. En la cocina de la abuela, al lado del molino, se cocían huevos recién recogidos del gallinero con hierba rubia para tintarlos de rosa y casi no podíamos esperar a que se enfriaran para decorarlos. Rivalizábamos en los diseños y los pintábamos con ceras: lunares, círculos concéntricos, listas imitando el arcoíris… Colocábamos en la cesta de la merienda el bocata, los huevos (también de chocolate, envueltos en papel tornasolado), las rosquillas (y de la misma masa, pajaritas y ramos) y, hala, la muchachada a ‘rodar el huevo’ a la pradera.

El júbilo que se desataba cuando chocaban y no se rompían era tan auténtico y primaveral, de Resurrección, que solo puedo asociarlo a otro momento, vivido muchos años después, en la Semana Santa de Zamora, cuando entendí que «¡Felices Pascuas!» no solo se desea por Navidad.