Es probablemente uno de los remedios medicinales caseros más empleados en todas las culturas del mundo

 

Es probablemente uno de los remedios medicinales caseros más empleados. Conocido desde la antigüedad, está presente y valorado en casi todas las culturas y no solamente como un condimento en la cocina que enriquece el sabor sino como mucho más. Su composición y sus sanos efectos han llenado un largo recorrido con fama desde épocas muy remotas y se le considera el tratamiento ‘espantaenfermedades’. No solo ahuyentaba a vampiros sino a múltiples dolencias. Y es que es un antibiótico natural, bueno para la hipertensión, para el hígado, fortalece el sistema inmunológico, favorece la cicatrización de las heridas… y mucho más. La Fundación Española del Corazón recomienda incluir ajo en la dieta no solo para reducir el colesterol malo, sino como remedio depurativo, antiséptico y antibacteriano.

Cuenta la leyenda que, en las orillas del Rhin, los vampiros aparecían de noche en busca de víctimas por medio del olfato. Por eso, los atemorizados ciudadanos untaban su cuerpo con una pasta de ajo para ocultar así su propio olor al vampiro.

Es este un alimento que suscitó muchas leyendas. Un mito árabe cuenta que el diablo dejó dos huellas cuando abandonó el paraíso. De la primera señal de Lucifer nació el ajo y de la segunda creció la cebolla. En Roma, el ajo estaba dedicado a Marte, el dios de la guerra. Los soldados de las legiones solían comerlo antes de las batallas. Pensaban que su aroma ahuyentaba a los enemigos.

Simbología

Por su sabor y su aroma, inconfundibles, ha servido tanto como símbolo del bien como del mal. En varias sectas y denominaciones del Cristianismo, del Islamismo, del Budismo Zen o del Hinduismo, el ajo se ha calificado como alimento impuro. En cambio, en otras culturas y religiones ha sido valorado como elemento protector contra vampiros, diablos y otros seres malignos. De hecho, lashuna (ajo en sánscrito o antiguo indoario) significa ‘asesino de monstruos’.

Con o sin poderes, lo que está claro es que, en gastronomía, oferta muchas posibilidades; pero por su definidísimo sabor como a alguien le desagrade, le estropea todo el plato. Fundamental en gazpachos y salmorejos, rico en mayonesas y ensaladas, básico en potajes y complemento en menestras, guisos de carne, patatas con chorizo o de pescado. Casi imprescindible en escabechados.

Y ni qué hablar de las sopas de ajo o castellanas en todas sus versiones tan propias de esta tierra con o sin jamón, con o sin huevo, con o sin pimiento… Crudo, frito, asado, cocido… y ¿cómo conservarlo? Pues lo aguanta casi todo, muy picado y congelado; igual pero sumergido en aceite de oliva; muy frito y secado sobre papel de cocina –cómodo de usar cada vez y dura meses– o simplemente en lugar fresco y oscuro.