Perros adiestrados para ello durante mucho tiempo se han convertido en los verdaderos recolectores del diamante negro

 

La trufa de Soria es de la variedad tuber melanosforum, la conocida como trufa negra de invierno. Javier y Feli llevan 25 años dedicados a lo que ya hoy es su negocio pero los principios, no fueron fáciles. Entonces se dedicaban a buscar trufa salvaje y, teniendo en cuenta que se contabilizaba como poco más que un tesoro, nadie advertía de dónde podía encontrarse. Ellos decidieron un día empezar a plantar encinas con el hongo infiltrado en la raíz de tal forma que, pasado un tiempo, se aseguraban el premio.

Ahora, cuentan con un invernadero en casa en el que cultivan esquejes de encina a partir de las bellotas a las que colocan el hongo. Después lo trasplantan a alguna de las varias fincas que ya poseen, y esperan a que se desarrolle. El tiempo transcurrido entre una y otra cosa, supera varias añadas.
Coincidiendo con la celebración del Concurso Internacional de Cocina con Trufa, los truficultores condujeron a

Degusta hasta una de sus propiedades para ver cómo se recolecta este manjar. En el coche, los dueños, los visitantes y una invitada muy especial, Isidora, su perra. Tienen seis, y una cerdita, todos dedicados a la misma y complicada labor.

Y es que, mejor que el olfato de cualquiera de los miembros del jurado convocado para el premio, tiene que ser el del perro adiestrado para encontrar trufa, ese manjar sobre el que se ha organizado ese primer Concurso Internacional de Cocina con Trufa. Isidora lo ha demostrado con creces. Sus dueños se han encargado de suministrar del delicatessen producto a los concursantes y cada cierto tiempo tenían que acudir a la plantación para llevar más material.

En ese momento ‘Isi’ entraba en acción. Se acercaba a la base de las encinas y olfateaba alrededor. De unas pasaba, pero de otras no. Y cuando juntaba su hocico al suelo y le llegaba el atractivo olor (había casi diez centímetros de hielo en la tierra y eso complica la labor de los perros), empezaba a excavar con las patas delanteras advirtiéndole a su dueño de que en ese lugar podría encontrar el tesoro. Acto seguido, arrodillado y con la herramienta en la mano, Javier profundizaba de rodillas para sacar el manjar. El resultado ha sido de éxito y tras saberlo, la perra recibía su felicitación: ese pienso que tanto le gusta y, por supuesto, la caricia de sus dueños.

Recolección de trufa negra