Víctor Gutiérrez llegó a España hace dos décadas. Recaló en Roses, donde empezó a trabajar en un restaurante familiar y allí terminó descubriendo los encantos de la cocina. Pasó por todos los estadios que se esconden tras la barra de un local pero eso, y su capacidad incansable de evolucionar y aprender, le ha convertido en uno de los cocineros mejor formados del panorama nacional: habla cinco idiomas; ha perdido la cuenta de los países que ha visitado ya y tira de los recuerdos de su formación en Arquitectura para realizar sus composiciones culinarias.

En la cocina no se despega de su toque japonés y lo aplica en una parte importante de sus platos. Elabora menús con hasta diecisiete miniaturas igual de sabrosas que de atractivas, que se disfrutan en un ambiente calmado y amable del que es difícil separarse. En una conversación íntima y personal con Degusta, reconoce que los fogones le han enseñado todo y han sido su vida pero también le han enseñado a madurar: “He aprendido a valorar el tiempo y aunque me sacrifico y soy constante, mi principal objetivo es mi familia”, asegura.

A pocos metros de la Plaza Mayor de Salamanca, este cocinero peruano y charro a partes iguales, recibe a unos 5.000 clientes al año. No le gusta utilizar el término comensal porque asegura que a su casa “no solo se va a comer”. Se va a disfrutar. Se va a degustar.