Este alimento tiene mucha fibra y casi todo en él es agua por lo que produce un gran efecto saciante con muy pocas calorías

 

En tortilla, en crema con o sin queso, con patata en puré, con tomate y pimientos en el pisto, rellenos de atún, arroz o verduritas, asados con pimientos y berenjenas… y la forma menos empleada pero muy sabrosa, crudos en ensalada, con guacamole, o gambas… En este caso deben ser muy tiernos, cortarse finísimos –mejor con máquina de embutidos si se dispone de ella– y macerados con limón.

El calabacín es sabroso, tiene mucha fibra y casi todo en él es agua por lo que produce un gran efecto saciante con muy pocas calorías. Perfecto en la dieta, en verano –admite muchas preparaciones en frío– y en días de invierno ricos preparados calentitos. Incluso permite hacer la pizza más ligera que existe. Simplemente se ponen varias finas capas en un plato, se adorna con tomate, algún queso bajo en caloría… y cuanto admite una pizza y orégano. Unos minutos al microondas… y ya está. Hecha la trampa, rica, sabrosa y de dieta. El otro sabrosos estremo es rebozarlos o en tempura. Hay días para todas las posibilidades.

Aunque sea una hortaliza de verano, se puede adquirir durante todo el año. No obstante, los más sabrosos son los que se recogen entre los meses de julio y septiembre y lo perfecto se recolectarla tierna, sin haber alcanzado su tamaño definitivo, especialmente para su consumo crudo. Cuando son tiernos, bien lavados, pueden consumirse con piel, con toda o parte de ella, lo que regala a los purés y cremas un vistoso y más apetecible color y a la presentación en crudo un aspecto también más apetitoso. Y obviamente da menos trabajo; aunque con un pelador la tarea es fácil y rápida.

Y ¿cómo elegirlos? Pues hay que optar por aquellos que sean firmes al tacto, compactos, pequeños o medianos, sin manchas ni marcas de golpes en la piel y que resulten pesados en relación a su tamaño. Los grandes porque suelen tener demasiadas pepitas y una carne menos tierna.

En cuanto a la intensidad del verde de su piel no influye en la calidad de la pieza. Es algo que depende de la variedad a la que pertenece. Con respecto a su conservación, el frigorífico es un buen lugar y dura en buenas condiciones durante unas dos semanas y conviene no almacenarlo junto a frutas que producen gas etileno como los plátanos, melones, melocotones… para evitar así la aparición de sabores amargos. También se pueden conservar congelados. Para ello, lo perfecto es escaldarlos unos tres o cinco minutos en agua hirviendo.

Contiene vitaminas C, B y A, además de minerales como el magnesio, sodio, yodo, hierro, calcio y potasio. Estas sustancias generan ciertos beneficios para el ser humano como por ejemplo ayudan en la producción de glóbulos rojos y blancos, en la síntesis del material genético o en la formación de anticuerpos del sistema inmunológico. Además poseen acción antioxidante, regula los niveles de agua en la célula, así como mejora el funcionamiento intestinal y digestivo.