Símbolo de la comarca, el pico de más de dos mil metros protagoniza hasta tres rutas por hayedos, ríos y uno de los valles más angostos de Europa

A veces parece que juega a esconderse. Que se agacha entre las nubes para huir de las decenas de ojos que se elevan en su búsqueda. Si estas desaparecen –o se elevan–, dejándole al descubierto, opta por cambiar de traje. Camaleónico por naturaleza, se viste de blanco estos días fruto de las intensas nieves de un invierno de los que ya casi no se recordaban en El Bierzo.

Si las hojas del calendario avanzan, el verde pintará sus collados y praderas de un colorido especial, conseguido a base de mezclar los primeros rayos de la primavera berciana. El pico Catoute, emblema de la comarca, considerado para la mayoría como el ‘techo’ de su hogar con 2.117 metros –aunque la cumbre más alta sea la vecina Vadeiglesias, con 2.134–, goza de la fama y se ha convertido en una de esas rutas indispensables para perderse en uno de los valles más angostos de Europa.

Todo comienza en Salentinos, pueblo olvidado –o no tanto– en esta cuenca de origen glaciar que desprende una belleza rural que emana de otra época, capaz incluso de permanecer aislado al drama de la minería, que agoniza a solo unos pocos kilómetros más al oeste. Ni cascos, ni picos en esta villa de piedra, madera y pizarra, en la que el ritmo de la vida lo marca el río Salentinos. Todo parece moverse al compás de sus aguas, estos días enfurecidas debido al deshielo en unas orillas aún desdibujadas por la nieve.

La fuerza de la corriente hipnotiza al viajero, que contempla desde un puente de arquitectura tradicional, elaborado con cientos de piedras redondas, como la corriente se despide en busca de la parte más baja del valle, aún en el término municipal de Páramo del Sil.

La ruta hasta el Catoute, un nombre al que ni los más viejos del lugar saben buscar su origen, aunque algunos aventuren su toponimia a una vieja leyenda celta, comienza tras cruzar las empedradas calles del pueblo y su río, en las afueras. Es aquí donde un cartelón marca el inicio del camino que llevará al senderista hasta la cima berciana. Abedules, avellanos y tejos acompañarán al excursionista en un trazado de 15 kilómetros, que devolverá al mismo a las calles de Salentinos a través del PR-LE 45 (sendero de pequeño recorrido).

La primera parte de la senda serpentea por una ruta ganadera en la que aún son visibles los vestigios de la mano del hombre. Las vistas de todo el valle –blanco, verde o, en último caso, ocre si se trata del otoño– invita a pararse y coger aire, aunque no demasiado, porque pocos metros más adelante el Arroyo de las Tsábanas obligará a detener el paso de nuevo. En la actualidad –y a buen seguro que durante toda esta primavera y el verano– se puede disfrutar de una bonita cascada, provocada por las aguas del deshielo.

La parte más alta

La ruta continua hasta la braña de Salentinos, donde hay un refugio muy bonito, ideal para descansar, almorzar, incluso echar una cabezadita, antes de emprender la parte más dura de un ascenso que sumará en total más de 900 metros de desnivel positivo. También es un sitio ideal para dejar volar la imaginación con aventuras, cual DiCaprio en ‘El Renacido’, aunque mejor sin osos, a pesar de que estemos en territorio de úrsidos.

A partir de la braña, la pista desaparece empezando la verdadera ascensión a la cima, a través de una trocha ganadera, bien definida, y que junto a los diversos hitos, permiten al viajero llegar hasta las Lagunas de los Fueyos, estos días en su máximo esplendor, al igual que durante toda la estación floral.

La parte final, como toda la ruta, está excelentemente marcada, eso sí, el senderista se enfrentará a las fuertes rampas de un pequeño sendero que llevan hasta el Catoute, el último majestuoso rey berciano, quién sabe si de origen celta, romano o íbero, pero al que habrá merecido la pena conquistar, antes de emprender el viaje de regreso.

La ruta al Catoute