Aires medievales y un castillo enriscado en un paseo por Frías, en Las Merindades

 

Lo es cierto que los castillos roqueros nunca mueran. Nuestra geografía más cercana está llena de tristes ejemplos de castillos deshechos por el paso de los años, las pedradas de la vida o la indolencia colectiva. Pero hay castillos roqueros a los que les pasa como a Miguel Ríos, que parecen bendecidos por el gen de la eterna juventud. Y eso mismo le sucede también al de Frías, un castillo tan enriscado tan enriscado que semeja, mismamente, la guinda de un pastel de boda. De hecho, la torre del homenaje, las murallas, las casas colgadas, la iglesia y las callejuelas que forran el Cerro de la Muela ocupando todo el espacio disponible armonizan en una composición tan perfecta que no es de extrañar que Frías aparezca en todas las listas de localidades bonitas y bellas. Lo que sí extraña un poco es que los de ‘Juego de Tronos’ no se hayan dado cuenta aún. Peor para ellos.

Los que sí que se dieron cuenta enseguida de que Frías bien merecía unas buenas defensas fueron los primeros repobladores castellanos que, allá por el siglo IX, comenzaron a organizar el caserío en torno a un peñasco tan bien plantado que parecía puesto a propósito para que todo el mundo quisiera quedarse con él. Es el momento en el que, también, va surgiendo junto al Ebro el conjunto de pequeños eremitorios y cementerios altomedievales que aquellos primeros pobladores labraban directamente sobre la roca gracias a la singular facilidad que la abundante por aquí piedra de toba ofrece para dejarse moldear.