Rubén Arnanz, cocinero del restaurante segoviano Villena, con una estrella Michelin, pretende que «sean los alimentos los que hablen»

 

No consta en la conversación con Rubén Arnanz (Segovia, 1986) que soñara, como todos cuando fuimos niños, con ser astronauta, con dejar el cielo a ras del suelo y flotar como en un globo viendo desde arriba lo pequeño que se vuelve todo abajo. Entrando poco a poco en la madurez recapacita sobre su ajetreado pasado y descubre que lo único que tiene claro en su vida es que le gusta cocinar. «Creo que nunca dejaré de hacerlo.No sé si fue vocación o ilusión», reflexiona como apartando los momentos de incertidumbre que nunca se concedió. Práctico, creativo, constante, se dice de sí mismo «generoso» y, sobre todo, currante. En eso no escatima. Al menos por ahora y todo apunta a que no lo dejará, teniendo en cuenta que su convicción duerme en mantener siempre esta profesión.

«De mayor me veo cocinando, seguro. Puedo tener otros objetivos pero siempre desde la cocina».
El mundo empieza para él en un gran espacio gris metalizado, con algo de luz y lleno de fogones. La cocina de Villena es para él su particular sala de embarque desde la que viaja hasta los rincones más insospechados a través de sus creaciones. Ha visitado una treintena de países (Francia, Suiza, Reino Unido, Japón, Perú, República Dominicana…) de cuyos viajes vuelve con la maleta «llena de riqueza», que aplica después en su cocina, pero, sobre todo, se impregna de esa sensación de «agachar la cabeza una vez más y decir ‘no somos nadie’; de dedicarte a cogerte fuerte de las manos de tu equipo y repetirnos que tenemos que mejorar porque eso es lo que te hace sacar lo mejor de ti».

Utiliza casi indistintamente la primera persona del singular y la del plural respetando, al fin y al cabo, la estructura de equipo que garantiza el reconocimiento en los fogones. Lo tiene claro, no hay éxito sin ellos, pero también se sabe querer. Se presenta como primer capitán de una flota que amarra en puerto con la solidez de un trabajo que empieza en su tierra, utilizando los productos de la zona y elaborando con ellos platos de presentación sencilla para que «hablen los alimentos. Lo importante es que los platos cobren vida».