Cándida del Pozo y su afición por este postre, propició que trasladara los empiñonados catalanes a la Moraña abulense

 

Que se aplique el término «típico» a un plato para relacionarlo con su región de origen, no implica que en otras zonas se menosprecie. Ni los catalanes rechazarían un chuletón de Castilla, ni los castellanos y leoneses son ajenos a los encantos de uno de los dulces catalanes de referencia: los panellets o empiñonados.

Hace años que en la montaña abulense, la pequeña Cándida del Pozo (Candi para los amigos), probó por primera vez las deliciosas bolitas de mazapán recubiertas de piñones. «Las tenían en la pastelería de Ávila», recuerda Cándida, «pero eran tan caras que mi madre sólo las compraba por Navidad, como el turrón».

En Cataluña, los panellets se consumen sobre todo en la fiesta de Todos los Santos, pero lo que vivió de niña marcó a la aprendiz de repostera, quien siguiendo la tradición, empezó a prepararlos coincidiendo con las vacaciones de Navidad. «Igual que preparo rosquillas en Carnaval», añade, demostrando que hay tradiciones edificadas y otras que pueden crearse a voluntad.

A pesar del famoso dicho popular de que a nadie le amarga un dulce, los empiñonados sí tienen una desventaja a tener en cuenta: a raíz de la enfermedad padecida por los pinos piñoneros a nivel nacional, el fruto seco se ha encarecido notablemente. Siendo un elemento principal de la receta, comprar panellets en la pastelería supone un gasto que alcanza los 30 euros por kilo. De hecho, aunque panaderías y factorías industriales también se han animado a incluir los empiñonados en su catálogo de productos, el precio sigue siendo elevado.

«Cuando era pequeña», rememora Cándida, «acudíamos a la plaza del Mercado Chico todos los viernes, donde un vendedor de Hernansancho y otro de Tiñosillos», ambos municipios abulenses, «ofrecían bolsas enteras de piñones ya pelados por muy poco dinero».

Esos tiempos han pasado; ahora, los más ahorradores incluyen elementos adicionales a la receta original para amortizar el gasto: «Utilizan patata cocida, que tiene muy poco sabor, para que con los mismos ingredientes y por el mismo coste, salga más producto», explica Cándida.

Compartió su infancia con dos hermanas y su residencia actual con su marido, su hijo y su hija. «Todos quieren comerlos pero nadie quiere hacerlos», confiesa entre risas.

A base de cocinar panellets, Cándida ha perfeccionado su propia metodología, aunque se mantiene fiel a la receta. Ha modificado las cantidades recomendadas para que se acomoden a los envases. «No me cuadraba dejar empezada una bolsa de almendras o desperdiciar comida, así que aplico una regla de tres y economizo», explica. También ha innovado con el acabado del postre: En lugar de rebozar la masa de mazapán con piñones, ha utilizado en otras ocasiones pistachos o incluso más almendra, en este caso laminada.