De cómo disfrutar de un suculento menú elaborado a 3.000 metros de altura con productos de la tierra y regado por un nuevo vino de Rueda

 

Quién no ha leído en su infancia las novelas de Julio Verne y ha imaginado que formaba parte de sus aventuras? El escritor francés publicó en 1763 ‘Cinco semanas en globo’, su primera novela. En ella, el sabio y explorador inglés Samuel Fergusson recorre el continente africano en un globo hinchado con hidrógeno. Lo más curioso es que Verne nunca había subido en globo cuando terminó su novela y no lo haría, por primera y única vez, hasta 1873. Al igual que Verne, en nuestra infancia hemos imaginado que volábamos en globo, pero no hemos podido elevarnos al cielo hasta muchos años después.

Los vuelos en globo se han potenciado como un complemento a las visitas turísticas para conocer de otra forma las ciudades históricas y para contemplar a vista de pájaro las bodegas y los viñedos. Roberto Pérez, de Vallaglobo, tiene muchas horas de vuelo como piloto de globos aerostáticos. Por la cabeza de un hombre tan aventurero como los personajes de Verne rondaba la idea de llevar la rica gastronomía de Castilla y León a los vuelos en globo, convencido de que aportará nuevas experiencias, de manera que está dispuesto a subir a un cortador de jamón, a un coctelero o preparar catas, y «todo lo que se nos ocurra». El piloto y empresario quiere ofrecer ahora otros alicientes a los turistas mientras se dejan llevar por las corrientes de aire. Lanzado el guante, Degusta Castilla y León lo recogió. Empezar por un rico, variado y saludable desayuno ha sido solo el principio. Los aventureros fueron el reconocido chef Javier Peña y el novel bodeguero Miguel Ángel Fernández Martín.

Roberto Pérez se encarga de hacer feliz a aquellos que comparten con él ese espíritu aventurero. Además, el reconocido chef Javier Peña elabora su «cocina más canalla» en lo más alto de la décima planta del Museo de la Ciencia de Valladolid (restaurante y taller Sibaritas Klub). Y ya mirando al cielo, Peña confía en lograr uno de estos años su primera estrella en la ‘Guía Michelin’. Por otro lado, los noveles bodegueros Miguel Ángel Fernández Martín e Ignacio Hernández Esteban acaban de sacar un blanco de Rueda de la variedad verdejo con el que proponen entrar en «un universo libre y diverso», un vino cuya etiqueta reproduce a un astronauta en estado de ingravidez sobre fondo negro. La madeja ya estaba liada.

Durante el viaje, el chef Peña preparó un desayuno de altos vuelos con productos de Castilla y León. Empezó por la fruta con un melocotón relleno de requesón de la quesería artesanal La Cruz del Pobre, de Pedrajas de San Esteban (Valladolid), y ‘muesli’. Después elaboró una tostada de pan con aceitunas negras, pepitas de tomates de Piñel de Arriba y miel de Ciguñuela. Lo último fue un mini bocadillo de queso sin lactosa de La Antigua, de Fuentesaúco (Zamora), con membrillo berciano de Lo Nuestro Artesano (Carracedelo, León).

La mejor hora para volar es al principio del día. Así que la cita tiene lugar a las 8:30 horas en una explanada junto al Cementerio del Carmen de Valladolid. Roberto y su equipo de tierra, integrado por su padre Eustaquio y su hermano José Abel, bajan la cesta y la gran bolsa de lona del remolque, e inflan el globo con aire caliente con un gran ventilador. Enderezada la barquilla, se suben con cuidado los viajeros. Lo primero es garantizar que la bolsa tenga suficiente aire caliente para que el globo se eleve sobre la tierra. Para conseguirlo, ha puesto en funcionamiento el quemador y el gas propano hace su trabajo. Con mucha suavidad el globo se despega de la tierra y se eleva sobre Valladolid.

Parte a Villanubla

El piloto llama a Villanubla para dar el parte de vuelo: «Vamos a volar, cuando volvamos a tierra llamo de nuevo». Apenas hay viento, así que el globo casi se queda suspendido sobre Valladolid a unos 3.000 metros de altura, «como si fuera un péndulo, por eso no tenéis vértigo», explica Roberto a los viajeros. Los nervios de Javier Peña y de Miguel Ángel Fernández van desapareciendo cuando se dan cuenta de que es un piloto instruido y que no hay ningún riesgo.

Cuando empezó hace siete años, se miró en el espejo de la Denominación de Origen Calificada Rioja, donde los vuelos en globo son ya algo muy habitual para los turistas, pero «aquí nos cuesta mucho arrancar, nos llevan 50 años de adelanto en el enoturismo», se lamenta. Dejó su puesto fijo en Lauki para emprender por su cuenta y optó por el proyecto de Vallaglobo. «Un día había visto desde Lauki los globos sobrevolando Valladolid y decidí sacarme el título de piloto de aeronaves aerostáticas. «Todos me decían que estaba loco», añade. El tiempo ha confirmado que fue una buena decisión porque la empresa de lácteos ha cerrado.

Miguel Ángel le pregunta: «¿A cuánta velocidad vamos?». «A unos 12, 13 o 14 kilómetros por hora». El viento ha cambiado las previsiones y lleva el globo hacia la Cistérniga. Mientras tanto, Peña ya ha empezado a preparar el desayuno.

Al fondo a la derecha se ven los grandes molinos de viento de Peñaflor de Hornija, donde nació Roberto, y Peña dice muy sonriente que le gustaría haber nacido en ese pueblo «porque son encantadores». Además, comenta que le parece «muy interesante» la iniciativa de Roberto. Claro que hay que estar dispuesto a pagar el coste del globo. «Mover el aparato cuesta entre 350 y 400 euros, de ahí que el precio por persona en un viaje estándar compartido ronde los 155 euros (los menores de 14 años pagan menos, 135), detalla Roberto. Un vuelo exclusivo, por ejemplo, para una pareja cuesta 320 euros por persona. Barato, si los viajeros tienen espíritu aventurero y saben disfrutar con la experiencia.

Viajera entrañable

Roberto recuerda a la viajera lo que más le ha emocionado durante estos años. Se trata de Lucila Velasco de Frutos, de 89 años, a la que sus hijos le regalaron un vuelo exclusivo en septiembre. La edad no supone un handicap para volar.

Una vez que Peña ha preparado su suculento desayuno, Miguel Ángel Fernández abre la botella de la primera añada de su vino Liberso 2016, de la Denominación de Origen Rueda. Explica que los viñedos que son de su familia se encuentran en Pozaldez, pero el vino lo elaboran él y su amigo y socio, Ignacio Hernández Esteban, en las instalaciones de la bodega de Protos, situada en La Seca. «El vino para nosotros es una distracción», asegura. Ambos son ingenieros agrónomos y trabajan para Agroseguros, aunque Ignacio hizo después Enología en el Campus de La Yutera en Palencia. «Mi familia tiene 32 hectáreas y la mayoría de la uva la vendemos a otros elaboradores», señala Miguel Ángel.

Roberto Pérez recuerda que fueron los hermanos Joseph y Jacques Montgolfier los que lanzaron su primer modelo de aeronave aerostática en 1782 para demostrar que el aire caliente es más liviano que el frío y, por lo tanto, tiende a subir. Un hecho que habían comprobado al observar el humo de una hoguera. Es decir, se basaron en el principio de los fluidos de Arquímedes. Para que el globo pueda volar el gas que va en el interior de la gran bolsa o lona tiene que ser más ligero que el aire.

El tiempo vuela, nunca mejor dicho, y Roberto informa a Villanubla de que va a aterrizar. Sujeta los cabos que abren la corona en la parte superior del globo para expulsar de forma rápida el aire caliente. Maneja la aeronave con gran destreza hasta que el globo pierde altura y la cesta toma tierra con una increíble suavidad.

La experiencia ha sido muy placentera, y tanto Javier Peña como Miguel Ángel Fernández aseguran que han sentido «mucha tranquilidad ahí arriba». Ambos reconocieron, al principio, cierto recelo a la hora de subirse al globo pero, después de la agradable experiencia, están dispuestos a repetir.

Fue su bautismo de vuelo, como atestigua el diploma que les entregó el piloto, ya en tierra.