Ramón Villa | Artista y presidente de la Academia Leonesa de Gastronomía

 

Era predecible. Cuando desde niño vives en un ambiente familiar rodeado de libros, música y cuadros de artistas cercanos, es fácil desarrollar cierto gusto por la belleza. En mi casa no había mucho lujo, pero mi padre, un ebanista con dotes naturales para el interiorismo, conseguía un equilibrio estético poco común recreando en su taller de carpintería los muebles, librerías de los cincuenta y sesenta, cierta calidad en la tapicería de una silla, un sofá o una alfombra, sin olvidar el toque de color de las flores de temporada, margaritas silvestres, mimosas, capilotes, que mi madre colocaba con exquisito gusto sobre las mesas. Ritmo y colores en armonía, huyendo de la fealdad y lo superfluo, que rememoran mis recuerdos emocionales.

Inevitablemente, mis hermanos y yo caímos en las redes de esa educación y todos hemos desarrollado nuestras vidas en torno a las artes: Arquitectura, Moda, Decoración y Gastronomía. Esta última también heredada, con negocios de hostelería en los que mi padre reflejaba toda la esencia de su «tierruca», Santander. El bar Pereda en el barrio del Crucero y La Casuca, un lugar con mucho encanto en el centro de León, donde se servían cocteles y ginebras preparadas al mediodía. Pequeños locales con gran dignidad y calidad en su oferta siempre al cuidado de su querida clientela.

Poco a poco descubrí el proceso creativo en su esencia, no como un tópico sin significado o frase hecha, sino al análisis de la actividad a los impulsos creativos en relación directa con la experiencia personal, conocimiento e intuición. En cualquier ámbito, talleres o cocinas, acercándome a la invención, el talento creativo es un proceso que nos lleva a generar una obra de arte o culminar un plato magistral.

La pintura me llevó a la gastronomía, nada nuevo en la historia del arte, ¿Qué pintor no ha realizado un bodegón? Se me presentó la oportunidad de ilustrar dos libros serigráficos, de pequeña tirada y numerada, ‘El vino’ y ‘Las cocinas de España’. Con ellos conseguí el Premio Nacional de Gastronomía y una Mención Especial, me permitió conocer los mejores restaurantes y bodegas de nuestro país y establecer una relación directa con la nueva cocina, atento a sus innovaciones e incluso participando en ellas.

Un artista siempre quiere hacer algo con otro. Paco Roncero fue uno de los primeros, me encantó que se fijara en mi pintura para confrontar sus platos, un reto que obliga a inhibirse a trabajar entre límites, y no existe nada más productivo que la influencia de un agente foráneo que nos libre de tanta saturación de uno mismo. Realizo mis cuadros aportando y mezclando elementos, como el cocinero para conseguir un plato complejo, los tonos y colores se convierten en sabores, degustar, disfrutar, la gastronomía el Octavo Arte.