Misericordia Bello | Presidenta del CRDO Bierzo

 

Hace ya tiempo que me quedó claro que la tecnología avanza a una velocidad superior a nuestra capacidad para asimilarla. Bastarían unos meses fuera de juego para parecer analfabetos digitales incapaces de encender el televisor o de entendernos con el último modelo de teléfono móvil. Ahí quizá tenemos la excusa: todo cambia demasiado rápido.

Pero con el vino no hay excusa. Cierto es que nuestros vinos son cada vez más y mejores, pero el vino sigue siendo vino y las copas no han evolucionado lo suficiente como para necesitar un libro de instrucciones. ¿Qué ocurre entonces con la cultura del vino? ¿Cómo es posible que en este país de grandes vinos tengamos un nivel de consumo y de conocimiento tan bajo ? ¿Por qué es tan difícil tomarse un vino en condiciones aceptables en lugares tan ‘hosteleramente’ avanzados como por ejemplo Madrid?

Tenemos el privilegio de vivir en un país que tiene grandes razones para afirmar que es el paraíso del vino, tanto para elaborarlo como para beberlo. Y de hecho no me cabe duda de que lo es. Sin embargo, de haber tenido las habilidades comerciales de los italianos, o el amor propio de los franceses, estaríamos en la cima de la cultura del vino. Pero todavía no. Llevamos miles de años haciendo vino y todavía no somos conscientes del inmenso patrimonio enológico que tenemos. O quizá esto ya está empezando a cambiar, afortunadamente.

En mi opinión, hay dos factores fundamentales que influyen en esta situación paradójica. Por un lado, la percepción que tenemos de nosotros mismos como nación: parece ser que seguimos pensando que lo de fuera, por el mero hecho de venir de fuera, es mejor. En este sentido quiero recordar las conclusiones de una investigación del Instituto Elcano que confirma la considerable diferencia entre la imagen que los españoles tenemos de nosotros mismos y la que tienen los extranjeros. Nos valoran más fuera de lo que lo hacemos nosotros.

El segundo de los factores es la capacidad comercializadora, pero antes de vender es conveniente poner en valor. Nosotros apostamos firmemente por la divulgación. La información es, creo, la mejor arma para derribar viejos prejuicios absurdos, dentro y fuera de nuestras fronteras. Por eso, el Consejo Regulador de los Vinos del Bierzo, al igual que otras denominaciones de origen, invierte una gran parte de su presupuesto y de su esfuerzo en dar a conocer nuestros vinos y nuestra marca, tanto aquí, en España, como en el extranjero.

Soy consciente de que es una labor ardua, difícil, y quizá un poco lenta para lo que una quisiera, pero ya va dando sus frutos. Hace unos años, en una feria en Shanghái, acudió un importador chino al estand de mi bodega y me dijo: «He probado los mejores vinos de Francia».

-Pruebe usted los del Bierzo, España, y entonces podrá decir que ha tomado los mejores del mundo, le contesté. El hombre sonrió y recorrió con sus vista las vitrinas. Me miró y accedió a realizar una cata.

-Perdone, ¿qué variedad de uva es esta?

-Mencía del Bierzo, España, contesté con orgullo.

Al día siguiente apareció de nuevo el hombre, pero acompañado de un grupo de distribuidores a los que les explicó con tanto detalle lo que significa un Mencía del Bierzo, que por un momento pensé que el chino era berciano. Y este es uno de esos momentos en los que saboreas la recompensa del esfuerzo. El momento en el que tomas impulso para seguir luchando en cambiar las cosas.

El vino puede mejorar, pero no cambiar. Sin embargo la percepción que tenemos del vino, de nuestro vino, sí puede cambiarse. Es cuestión de contarlo, de divulgarlo a todo aquel que nos quiera escuchar.