La Real Fábrica de Cristales de La Granja lleva casi tres siglos atesorando un oficio que permite satisfacer los gustos más refinados

 

Sabido es que la percepción del vino varía según la copa de la que se bebe. Un recipiente de calidad es fundamental para poder disfrutar de todas las cualidades que ofrece. No es igual beber de una copa de cristal de alta gama que hacerlo de un vaso de plástico. Hasta el agua sabe de manera distinta. También la forma cuenta. Carlos III ordenó repetir un encargo porque las copas eran tan pequeñas que no podía introducir en ellas la nariz y apreciar así la calidad del vino. Claro que el monarca ilustrado tenía una nariz superlativa.

La calidad del cristal es clave en la buena mesa. En La Granja de San Ildefonso lo saben bien. Llevan casi tres siglos fabricando y surtiendo a las casas más exigentes y dando satisfacción a los gustos más refinados. El sello Cristal de La Granja es en sí mismo marchamo de calidad, sinónimo de buen hacer, de prestigio, de historia. Nacida al calor de la nueva dinastía borbónica, la Real Fábrica de Cristales de La Granja es uno de los ejemplos de manufacturas reales más importantes de la España dieciochesca. La Corona invirtió en ella cuantiosas sumas de dinero, asignadas a su costoso mantenimiento y a la adquisición de tecnología y la contratación de personal extranjero especializado.

El objetivo era abastecer a las residencias reales de objetos suntuarios, con el fin de igualarlas al lujo de los palacios europeos sin necesidad de recurrir a costosas importaciones. Como nunca se escatimaron dispendios económicos si de incrementar la calidad o disminuir los costes de manufactura se trataba, la fábrica granjeña era siempre receptora de los avances tecnológicos y artísticos más ambiciosos de toda la Europa ilustrada, y en ella se utilizaron máquinas hidráulicas accionadas por grandes norias que movían telares de pulidores y raspadores para desbastar las lunas de vidrio, máquinas que agilizaban los acabados de las piezas, ajustando tapones, quitando puntiles o realizando roscas. En definitiva, una tecnología punta a la altura de los países vidrieros más adelantados del momento. Buena parte de ese legado –y, por supuesto, el espíritu que inspiró aquella fábrica de los primeros Borbones españoles– ha llegado a nuestros días gracias a la Fundación Centro Nacional del Vidrio (CNV) creada en 1982, cuando un grupo de segovianos conscientes del legado histórico de la manufactura vidriera en el Real Sitio de San Ildefonso planteó la necesidad de recuperar el edificio de la antigua Real Fábrica de Cristales. De sus hornos y de las manos de sus maestros sopladores y talladores continúan saliendo piezas que no debieran faltar en cualquier mesa.

Artesanos

«Somos verdaderos artesanos del oficio. Aquí cada pieza tiene un valor añadido, una personalidad propia. Aunque parezca que son iguales, tienen su identidad, y ese valor añadido se lo confiere la artesanía. Uno de los objetivos del Centro Nacional del Vidrio es mantener esa artesanía, cuidarla, porque el oficio que hay detrás es muy valioso. Muchas veces, cuando vemos o tocamos una de estas piezas, no reparamos en todo lo que hay detrás: oficio, habilidad y tiempo», afirma Paloma Pastor, directora del Museo Tecnológico del Vidrio, buque insignia del CNV.

La expansión romana por todo el Mediterráneo permitió abrir el comercio de los productos elaborados en los talleres del área sirio-palestina a todo el imperio. Precisamente, en esa zona se desarrolló, en el siglo I antes de Cristo, una nueva técnica de fabricación del vidrio, consistente en soplar una porción de vidrio fundido en el aire a través de una caña. Una vez lograda la burbuja, el maestro la trabajaba haciéndola volar en el aire hasta darle forma. «El soplado redujo los tiempos, abarató los costes, facilitó –en fin– la fabricación, y los objetos de vidrio, hasta entonces restringidos a la elite, pasaron a estar al alcance de todas las clases sociales, compitiendo abiertamente con otros materiales, como la cerámica o el metal, que durante mucho tiempo habían sido los más utilizados en la elaboración de vasijas de uso doméstico. Digamos que es cuando el vidrio se incorpora a la mesa, como a tantos otros ámbitos», explica Pastor.

Como si fuera miel

Diego Rodríguez es maestro soplador. Con la caña extrae del horno una porción de vidrio incandescente que moldea con cuidado y paciencia a base de soplar desde el otro extremo. «Para soplar el vidrio utilizamos una caña de acero que posee dos aberturas en los extremos. Recogemos un poco de vidrio –así, como si fuera miel, pues posee idéntica densidad– y lo moldeamos, primero con papel de periódico mojado y después en el aire. Dependiendo de la pieza que vayamos a hacer, le daremos una forma u otra. Si se trata de una pieza seriada, un vaso o una copa, utilizamos un molde, pero hay otras que las elaboramos sin molde, libremente, al aire. Son piezas más creativas y ninguna es igual a otra. Son pequeñas obras de arte, únicas», expone el maestro.

La pieza tarda apenas unos segundos en solidificarse. «Es prácticamente instantáneo. El vidrio sale del horno a 1.100 grados y durante el proceso de moldeado desciende a 600 o 700. Es preciso entonces introducir la pieza, ya rígida, dura, en el horno de recocido, para que la temperatura descienda poco a poco. Las partes gruesas están todavía blanditas y las más finas se quedan rígidas. Esto origina unas tensiones que pueden fracturar la pieza. Por ello es necesario que permanezca alrededor de seis horas en el horno de recocido». El aprendizaje del oficio es el mejor legado que dejaron los maestros del siglo XVIII. «Un diamante que debe cuidarse», en palabras de la directora del museo. «¿Dónde se puede aprender, por ejemplo, el oficio de la talla? En ningún lado, salvo aquí. Es lo más valioso que tenemos».

Los usos se refinan durante el Barroco, ya en el XVIII, en la corte de Felipe V, el primer Borbón en el trono español, adopta los gustos franceses, según Paloma Pastor. «Es un momento de ostentación, de presentación de la corte, y la mesa se convierte en algo más complejo. El uso del vidrio crece, pero al vidrio se le añaden las porcelanas, las platas… La corte implantaba las modas, también en la mesa, y la burguesía trataba de imitarlas, hacía todo lo posible por parecerse». Carlos III cuidó con mimo la Real Fábrica de Cristales y Fernando VII también. Al Deseado se debe el resurgimiento de la factoría tras la Guerra de la Independencia (1808-1814), pasaje histórico durante el cual permaneció cerrada. En el Museo del Vidrio se conserva una muestra de uno de los encargos más importantes que el monarca hizo, una vasería con doce docenas de vasos de tamaños diferentes, para su uso personal, decorados de manera exquisita, con el escudo del rey grabado y una faja de puntas de diamante talladas en la base. «Fue en 1815, al comienzo de su reinado. El soberano quedó muy satisfecho con los vasos y, a partir de ese momento, la fábrica vio reforzada su producción. Son piezas excepcionales y como tales se conservan. La muestra es un depósito de Patrimonio Nacional y nos ha servido para sacar el modelo de vaso de güisqui que hacemos hoy», desvela Pastor.

Esta es una de las peculiaridades de la actual fábrica: la reproducción de modelos del pasado con un sello de calidad, el de la Real Fábrica. «Hay piezas que copiamos de los modelos de los siglos XVIII y XIX –añade Ana María Jimeno, responsable de las ventas–. Se reproducen las formas o la ornamentación. Hay tallas que hemos sacado del siglo XVIII, las típicas guirnaldas, las florecillas, pero si el cliente pide otra talla, también la podemos hacer. El cliente tiene opción de hacer un pedido personalizado».

La ornamentación depende del taller de talla, adonde llega la pieza tras salir del horno de recocido. Al desprenderse de la caña, el cristal presenta en la base unas irregularidades que es preciso pulir. «Ese pulido se realiza en el taller de talla, al margen de la ornamentación que se le quiera dar, el dibujito que llevará, la inscripción… Todo se hace a mano. Los talladores deben tener buena vista y buen pulso para manejar la rueda, que es muy fina y exige jugar mucho con la muñeca. Para cada grabado se usa una rueda distinta. Una vez terminadas las piezas, se registran, se llevan al almacén y se organizan los pedidos. El embalaje se hace con espuma inyectada. Van muy protegidas. El índice de roturas es mínimo», añade Jimeno.

Copas, vasos, ánforas, licoreras, decantadores, frascas… «La copa no era solo utilizada para el vino; también el vaso. En España, por otra parte, está la tradición del botijo, del porrón, dependiendo de la clase social, del ambiente, y por supuesto, del propio continente. Muchas veces una misma ánfora o botella podía tener distintos contenidos, aunque esto fue cambiando poco a poco, y ya en el siglo XIX, a partir del reinado de Isabel II, se impusieron las cristalerías, en las que una determinada copa iba destinada a un tipo concreto de vino o de licor. Cambiaban las mentalidades y los nuevos gustos trascendían las clases sociales», explica Paloma Pastor.
Edificio y museo

El Centro Nacional del Vidrio tiene sus instalaciones en el edificio que en el pasado albergó la Real Fábrica de Cristales de La Granja, un enorme rectángulo en cuyo interior aloja un conjunto de edificaciones que suman cerca de 26.000 metros cuadrados de superficie construida. El inmueble fue construido según los planos del aparejador del Real Sitio, Joseph Díaz, alias Gamones, entre los años 1770 y 1784, en pleno reinado de Carlos III. Se trata del único edificio del XVIII arquitectónicamente pensado para la fabricación del vidrio, condición que mantiene en la actualidad, pues está declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento Histórico Artístico. «Era una manufactura real, y como el resto de las manufacturas reales, tenía que dar un servicio diario al rey, aunque también debía producir cierto beneficio. Por eso tenía asociados unos almacenes de venta, que en este caso estaban en Madrid, aunque en La Granja funcionaba una tiendecita», cuenta Paloma Pastor.

Actualmente, la Real Fábrica de Cristales es un espacio singular en el que se pueden desarrollar múltiples actividades relacionadas con el mundo del vidrio: visitar el Museo Tecnológico, asistir a la demostración real de los trabajos en los hornos, recibir formación sobre técnicas aplicables al vidrio o adquirir un juego de copas o vasos elaborados de manera artesanal. El Museo Tecnológico del Vidrio da a conocer de forma didáctica el proceso de fabricación y exhibe las colecciones temporales y permanentes sobre vidrio europeo, de los siglos XVI al XIX, cristal de La Granja de los siglos XVIII y XIX, vidrieras del taller Maumejean y vidrio contemporáneo. Situado a escasos 11 kilómetros de Segovia y a 70 de Madrid, perfectamente comunicado por tren de alta velocidad y carretera, el museo suele poner sus espacios a disposición de empresas e instituciones. La celebración de eventos permite así apoyar el proyecto cultural y social de la Fundación Centro Nacional del Vidrio.