Del sur palentino al corazón de Cantabria, entre campiñas, obras de arte y bosques profundos

 

No quiero ni imaginarme cómo serían los palentinos del siglo VI para que Santo Toribio de Palencia, que fue capaz de amansar la furia de un toro y un oso en plena pelea solo utilizando su verbo divino, tuviera que salir por piernas cuando pretendía desmontar las herejías priscilianas que corrían por la Palencia de aquel tiempo. De hecho, ese precisamente, el apedreamiento que le llevó a refugiarse en la ermita de Santa María del Cerro cuando insistía en convencer a sus escuchantes de que erraban en sus creencias, es el origen de la Pedrea del Pan y Quesillo, fiesta de Interés Turístico Regional que se celebra el domingo más próximo al 16 de abril. Ante la contundencia de los argumentos que le lanzaban los priscilianos palentinos, no le quedó otra que retirarse a orar en aquella cueva del Cerro del Otero, a salvo de los pedruscos, hasta que una inundación, que los priscilianos achacaron a una maldición divina, llevó de nuevo las aguas a su cauce.

Ese mismo Toribio es el que, tiempo después, y quizá un poco harto de la incomprensión de sus convecinos, buscó refugiarse, junto a un grupo reducido de seguidores, en uno de los valles más bellos de Cantabria: Liébana. Encajado entre poderosas montañas de más de 2.000 metros de altitud, rodeada de profundas gargantas por las que solo circulan los ríos y con tan solo unos pocos pasos de montaña, cerrados por las inclemencias del tiempo la mayor parte del año, dedicarse ahí a la oración y la vida contemplativa era lo más parecido a decir «parad el mundo que yo me bajo».

El caso es que la leyenda atribuye a este Toribio, auxiliado por el toro y el oso que consiguió amansar en plena pelea, la construcción y fundación del monasterio de Santo Toribio. El mismo al que siglos más tarde arribarían los restos del obispo de Astorga, también de nombre Toribio, junto al mayor trozo conocido de la Cruz de Cristo -del brazo izquierdo, para más señas-. La llegada de estos restos convirtieron el monasterio en un cada vez más brillante foco de peregrinación que fue intensificándose con el paso de los siglos hasta que el papa Julio II le otorgó, en 1512, la bula por la que se estableció el jubileo de una semana a quienes llegaran al santuario los años en que la fiesta de Santo Toribio cayera en domingo. Fue el papa Pablo VI, en 1967, quien amplió el jubileo para todos los días del año comprendidos desde el 16 de abril que coincida en domingo hasta el mismo día del año siguiente. Y por eso peregrinar hasta Santo Toribio tiene en 2017 el mismo premio espiritual que hacerlo hasta Santiago de Compostela cuando le toca: la indulgencia plena de los pecados.