Anneleen Van den Brocke, violinista belga de la OSCYL, viaja a las Hoces del Riaza en el coche eléctrico de Renault

 

El emperador estaba inquieto aquel día. No tenía razón alguna para estarlo, pero su ánimo, siempre tan cambiante, le hacía moverse nervioso sobre su potente cabalgadura. Unos metros detrás de él, el carruaje con la reina, Isabel de Portugal, esperaba a que el rey diera la orden de marchar. Todo estaba preparado en el Palacio Real de Valladolid para el viaje. Finalizaba abril, mayo se apuntaba y por delante el cortejo real tenía 63 agotadoras leguas hasta Zaragoza. Iban a ser varias semanas de viaje por el sendero del Duero y con el Moncayo esperándoles. Hasta allí debía viajar su majestad para tomar posesión del trono de Aragón y unificar, ahora sí, bajo su corona todo el reino de las Españas.

–¿Podemos partir ya? ¿Por qué nos demoramos?
Pese a su prominente mandíbula, que le dificultaba enormemente comer y hablar, el emperador se empeñaba en dar órdenes en su extraño castellano que tanto repelía a sus súbditos de la península.

–Majestad, falta Anneleen, la violinista.
–¿Y dónde esta Van den Broeck?, preguntó irritado, ya en flamenco, el dueño del mundo.
La músico había venido con él desde Gante, y le había rogado en varias ocasiones que quería ser incluida en alguna comitiva. Deseaba conocer ese país tan peculiar y distinto de su Flandes natal que ahora era parte de los dominios de su señor. Y el emperador no podía negarle casi nada a su violinista favorita. En la Corte estaba considerada una excéntrica por su pasión por los paisajes, por los animales y su rechazo a costumbres como la caza. Pero al rey y a la reina les encantaba escuchar como el sonido de su violín dominaba la especial acústica del palacio y se adueñaba de los arcos del patio.

–Aquí, señor, ya estoy. Había extraviado el estuche con las cuerdas de repuesto. Anneleen, larga cabellera rubia sin cubrir y con una vistosa capa roja sobre el largo y severo vestido, abrazaba el estuche de cuero de su violín. Unos pajes le ayudaron y montó a mujeres en la yegua que el ayudante de Carlos V le había indicado.
–Ea, sea. Vamos. Partamos.

La comitiva puso rumbo hacia Laguna, donde tenía previsto tomar el llamado camino de los Aragoneses, la senda que paralela al Duero siguió el abuelo del emperador, Fernando el Católico, para ir de incógnito hasta Valladolid y casarse con la reina Isabel. Ahora su nieto hacía el camino inverso hablando en un extraño idioma, que a los castellanos les sonaba como un ladrido permanente.

Las hoces, unos abruptos acantilados

El camino transcurrió tranquilo por tierras de Tudela, y de Peñafiel y de Aranda, hasta que al llegar cerca de la villa que llaman la capital del Duero el rey observó unos buitres en la lejanía que se mecían tranquilos en las cálidas corrientes de los inicios de la primavera. Empedernido cazador y hábil cetrero, el emperador preguntó a sus acompañantes qué pensaban que podía pasar para que aquellos carroñeros vigilaran el horizonte. Pero antes de que siquiera alguno de ellos abriera la boca, Anneleem se les adelantó: «Nada, majestad, no hacen nada. Están en las hoces del que llaman río Riaza. Viven ahí».

–¿Las hoces decís? ¿Qué es eso? ¿No llaman así estos al utensilio que utilizan para recoger los cereales?
–Sí, pero las hoces de los ríos, señor, son unos abruptos acantilados que mueren en el río. Son altos, imponentes, no tanto como los de la costa, pero desde abajo asustan, según cuentan.

–Interesante. Desviémonos y vayamos. Que esperen en Aragón, que soy su rey y aún no me han dado alegrías, solo penas y no tengo porqué renunciar a las bellezas de la naturaleza por ellos.
Y ante la estupefacción de valones y flamencos y la sonrisa de los castellanos, satisfechos de ver la cara de incomprensión de sus rivales por la decisión del rey, la comitiva enfiló hacia el sur con los buitres en el horizonte.

Entre Aranda y Montejo de la Vega de la Serrezuela el camino es una suave ondulación de pequeños tesos y lomas conquistadas por las carrascas y los pinos silvestres. Los flamencos no terminaban aún de reponerse de la improvisación del rey, pero no podían negar que el espectáculo que se les abría ante sus ojos no dejaba de tener un encanto especial. Cerca del emperador, Anneleen departía con el amo del mundo conocido y le iba explicando los tipos de plantas que el monarca iba señalándole. Era tal su conocimiento, que en un momento dado Carlos se volvió al carruaje de la reina y, admirado, comentó: «sabe tanto de hierbas como de música», a lo que doña Isabel respondió: «pues entonces que las haga hablar como hace con el violín, que para penar ya tendremos tiempo».

Llegaron a Montejo. Y Carlos quiso subir cuanto antes a las hoces para contemplar lo que la naturaleza le ofrecía. Y lo que vio le complació: los chopos trazando las curvas del río; saúcos estratégicamente situados para frenar la virulencia del agua alterada por el deshielo; olmos que como tropas de infantería resguardan la segunda línea de la ribera; sabinas, encinas y robles dominando los altos. y, más arriba, los buitres que nunca se cansaban de ejecutar su danza ingrávida.

–Hermoso, sentenció el monarca. Quizá no pueda volver, pero es un lugar digno de un rey, ¿verdad, esposa? Y la reina, a su derecha, un paso por detrás, se limitó a asentir con menlancolía.

A lomos de un Renault Zoe

Cuatro siglos después de aquello, una descendiente de aquella Anneleen Van den Broeck –curiosamente con su mismo nombre y concertista de violín también- , rememoró aquel imaginario viaje, pero ahora a lomos de un Renault Zoe 100% eléctrico. De Valladolid a Montejo de la Vega y Maderuelo por la orilla del Duero y del Riaza, en una perfecta conjunción entre naturaleza y ecología.

A la Anneleen que deleitaba al emperador, los caballos no le eran extraños, pero a su descendiente todo lo que rodea al Zoe le llama la atención, se le hace mágico. Desde su inusitada aceleración hasta su silencio, que favorece las conversaciones y el disfrute del paisaje sin ruidos que lo deformen. Ella, que de su Gante natal se fue en un Scenic hasta Granada, descubre en cada escena del camino entre el Duero y el Riaza mil argumentos para ver un mundo que no conocía. Un mundo silencioso y calmado en el que antaño resonaban las pezuñas de los caballos y ahora el gomoso deslizar de los neumáticos de un susurrante coche eléctrico.

Al igual que hiciera su antepasada, la violinista de la OSCYL se deja mimar por la brisa cálida que en los albores del estío se descuelga desde los páramos. Mira a su alrededor observando el gorgojeo del agua entre las espadañas y señala el llamativo contrates entre el ocre de las paredes y el verde de las orillas.