Un viaje a Las Machorras y los cuatro ríos pasiegos en la vertiente de la provincia castellana

 

A veces los territorios remotos caen bien cerquita de casa. Exactamente eso es lo que les pasa a los Cuatro Valles Pasiegos burgaleses: que aunque siempre estuvieron ahí, resultaron un territorio tan alejado, hostil y difícil de habitar que acabaron dando lugar a formas de vida propias. La de los pasiegos. Hombres y mujeres que a lo largo de generaciones, seguro que desde la lejana Edad Media en la que fueron enviados por el Monasterio de Oña para colonizar como pudieran esos valles perdidos del mundo, acabaron por encontrar la manera de adaptar sus vidas a un territorio en extremo hostil. Tan duro de habitar como lo es un paisaje de montaña, de inviernos largos y nevadas copiosas, fríos intensos, lluvia abundante y veranos cortos.

Ese territorio de paso hacia ningún sitio, marcado por la línea de cumbres que median entre el Puerto del Escudo y el de Los Tornos, es el espacio en el que acabó cuajando una forma de vida marcada por su dedicación a la ganadería y la trashumancia de altura. Una vida dura centrada en sacar el mayor rendimiento posible a la cabaña ganadera familiar. Adaptados a la dureza del clima, los pasiegos acabaron estableciendo un sistema propio de trashumancia estacional mediante la cual variaban su permanencia en las montañas en función de la altura y las épocas del año. De esa forma, cada familia era poseedora de un número variable de cabañas ‘branizas’ –una, dos o más– ubicadas a diferentes altitudes hacia las que se iban trasladando con el objetivo de aprovechar los mejores pastos en cada época del año. A medida que la nieve de las alturas se iba despejando y la hierba se ofrecía como el mejor manjar para el ganado, la familia con todos sus enseres a cuestas iba ocupando las «branizas» más altas de la zona.