Un grupo de mujeres se unen para organizar catas y enriquecer sus conocimientos sobre el vino

 

Uno de los números que simboliza la perfección, el diez, es el de las integrantes de Enotropeas (aunque para este reportaje faltó una), un grupo de mujeres que en torno a una pasión común, el vino, consolidan un valor como es la amistad también con una nota de sobresaliente, la misma calificación que procede otorgar a sus actividades, pues aunque la parte lúdica es esencial en sus encuentros, no lo es menos la profesionalidad con la que las desarrollan.

«La idea es que fuese un grupo de mujeres que nos encanta el vino, y relacionadas con él. Algunas coincidíamos en eventos de vino en la zona de Aranda de Duero (Burgos), al formar parte del sector vitivinícola profesionalmente», explica Andrea Sanz, viticultora y cofundadora de Bodegas Magna Vides.

De las diez mujeres que forman el grupo, ocho están en el sector desempeñando puestos importantes, mientras que las otras dos, aunque de manera no tan directa, también están relacionadas con el vino y poseen una cualificación profesional alta, por lo que su aportación es igual de importante en Enotropeas.

Su apelativo proviene de la mitología griega. Enotropeas (las que cambian el vino) eran las hijas de Anio y nietas de Dionisio. Espermo, Eno y Elais, según el mito, eran diosas proveedoras de víveres de los barcos griegos en la Guerra de Troya, además de tener la facultad de transformar el agua en vino, la hierba en trigo y las bayas en aceitunas, por el poder concedido por su abuelo, de manera que quien estuviera cerca de ellas no moría de hambre.

Las catas son el eje de sus reuniones. Una vez al mes se congregan en la que es su sede, el restaurante arandino La Raspa, propiedad de la enotropea Marina Chico, sumiller. «Nos aburría lo que se hacía en todos los sitios», refleja Andrea, así que «buscamos que las catas fueran creativas, que nos aporten algo y nos diviertan». «Decidimos juntarnos para enriquecer nuestros conocimientos y también pasárnoslo bien».

Ese enriquecimiento lo adquieren probando vinos de todo el mundo bajo el ritual de una cata muy profesional, con todos los elementos necesarios, y que cada vez se encarga una de ellas de organizar. No solo consigue los vinos, sino que además prepara un dosier que reparte entre sus compañeras y realiza una amplia exposición sobre los vinos a examen. En la última reunión la encargada de impartir la introducción a los vinos de Canarias fue María Luisa Carretero, enóloga y directora técnica de Bodegas Antídoto, quien aclara que «no se trata de llegar y beber».

El clima y el suelo

Como en otras ocasiones antes del examen organoléptico, en esta ocasión de vinos canarios, la intervención de Laura contempla el clima, el tipo de suelos y de viticultura, el número denominaciones de origen, variedades de uva y procesos de elaboración. A continuación se cata, se comenta y cada una de ellas anota sus apreciaciones en fichas profesionales de la Organización Internacional del Vino (OIV), que atesoran como oro en paño en su libro de catas. Entre ellas, uno de los aromas detectados. «Huele a geranio», refleja Marta Castrillo, ingeniera agrónoma y copropietaria de Bodegas Marta Maté. Apreciación que secundan sus compañeras, poniendo al aroma el nombre técnico: «Geraniol; es una nota que está marcada pero no destroza el vino».

Se tiene en cuenta todos los aspectos, incluido el diseño de la botella y de la etiqueta, y el nombre del fermento. Nada escapa a su escrutinio. Como explica Ana Belén Pascual, podóloga propietaria de la clínica Pievital, «una etiqueta puede hacer perder valor al vino», y, como afirma la decoradora Mercedes Granda, propietaria de Carpe Diem Decoración, «la etiqueta trasmite mucho».

Puesta en común

La puesta en común de todas las impresiones construye una idea global, una nítida radiografía de cada vino. Este análisis de amplio espectro que no pasa por alto la relación calidad precio, podría ser un estudio preciso y precioso previo a la salida al mercado de un vino. A la visión y a la valoración más técnica de Andrea, de María Luisa, de Marta o de Natalia Calleja –enóloga directora técnica de Bodegas Ceres–, o de Laura Sardina –sumiller, periodista y técnica de enología en la empresa Cecoga–, se suman la visión del consumidor que aporta Ana Belén o de la propia Mercedes, pero también el perfil comercial de Marina que ve qué vinos pueden ser más interesantes para los clientes de su restaurante. Ese mismo ángulo, el comercial, lo cubre Tamara Lechosa, sumiller y relaciones públicas de la Bodega Prado Rey.

La relación calidad precio la debaten todas . El coste medio de cada cata es de alrededor de 150 euros, con la adquisición de vinos de distinta gama, aunque en ocasiones puntuales tiran la casa por la ventana para degustar fermentos especiales, como una probatura de champán y otra de 95 puntos Parker.

Tras probar todos los vinos en cada encuentro se aportan sus precios y cada una opina si lo compraría o no atendiendo a distintos aspectos. En la última de sus citas se echó de menos los comentarios de Carmen Peña, enóloga de Bodega Abadía de Acón, que por problemas de agenda no pudo estar en La Raspa.

Visitas a bodegas, algún viaje –como a Ribeira Sacra– y catas en las que el protagonismo recae sobre un profesional del sector en vez de sobre una zona vitivinícola, son otras de sus actividades. Incluso, en alguna ocasión, reciben a un «artista invitado» en sus eventos, algún enólogo que les ha ofrecido catar sus vinos. No son un grupo cerrado pero sí entienden que cualquier incorporación tiene que venir de la mano de la pasión por el vino, y ser mujer. Esas son las condiciones.

Siete años ya de su nacimiento avalan a Enotropeas, míticas griegas símbolo de la abundancia, que en su caso se traduce en sabiduría y en la mayor de las riquezas: la amistad.