Es una hortaliza rica y sana que invade la gastronomía de todo el país

 

Estos son los mejores meses, entre junio y septiembre, para consumir pepinos. Una hortaliza que acompaña a la humanidad desde hace más de tres mil años, ingrediente indispensable para una comida fresca y ligera, rica en salud y beneficios y muy española. Irresponsablemente agredido y falsamente acusado de la crisis alimentaria alemana, el pepino remonta su abandono en las estanterías por el miedo a comerlo con sus valores gastronómicos y nutritivos y con su garantía de consumo.

Excelente aliado de la piel, hidrata -tiene vitaminas B y C- tanto comido como colocado a modo de mascarilla natural que dota de elasticidad, suavidad y limpieza al cutis y es, sobre todo, un magnífico ingrediente para las dietas de control de peso y adelgazamiento dado que produce un fuerte efecto saciante. Además, se usa como demulcente, antipruriginoso, emoliente, diurético, depurativo. Indicado para cistitis, urolitiasis, oliguria. La sabiduría popular lo sugiere para reponer líquidos tras hacer deporte, evitar una resaca o dolor de cabeza comiendo unas rodajas antes de dormir. Es también un remedio para intentar disminuir la celulitis frotándolo en las zonas más conflictivas.

Su riqueza en agua no admite el congelado pero se conserva bien refrigerada un par de semanas o dentro de un recipiente de cristal con agua fría introducidos verticalmente por el tallo. España está entre los diez principales productores mundiales aunque su cultivo no supera el medio millón de toneladas.

Producto del sur, donde adquiere mayor protagonismo e n ensaladas y gazpachos, el pepino forma parte no obstante de la mesa de cualquier lugar de la península, incluida su variante encurtida en vinagre para la que hay que escogerlos pequeños.

Crudo y al natural, la mejor opción

Su alto contenido en celulosa es el responsable de su fama de indigesto. En cuanto a su amargor, poco frecuente, es conveniente probarlos antes de utilizarlos en un plato para evitar que se extienda y, en ocasiones, es suficiente con arrastrar una segunda capa de pepino tras retirar la piel. Dejarlo en remojo con sal unos minutos o bien, tras pelarlos, rallarlos con ayuda de un tenedor para hacer que las sustancias amargas que se concentran en mayor medida bajo la piel sean eliminadas son otros trucos, como el de cortar los extremos y con ellos frotar los cortes, que rara vez confirman la experiencia. Los ejemplares jóvenes pueden consumirse con piel para mantener todo su contenido en fibra y vitaminas, sin embargo, es aconsejable pelarlos para facilitar su digestión.

Lo más adecuado es consumir el pepino crudo y al natural, bien lavado y sin cáscara, aunque también puede acompañarse de limón o yogur, pero sin sal o con muy poca cantidad para no reducir su acción depurativa y diurética.

Superado su amargor, sus posibilidades son numerosas: en ensalada cortados muy finos y con yogur griego; rellenos con jamón; patata y huevo duro y al horno; ajo, pepino, yogur y hierbabuena batido para crear un gazpacho blanco e, incluso, cocido como acompañamiento de carnes, o incluso, se emplean para elaborar dulces junto a un jarabe azucarado. También se puede servir gratinado con una salsa besamel o relleno con carne o marisco.

El cultivo del pepino se confunde pues con la historia del ser humano. Originario del sur de Asia, se cultivaba en la India mil años antes de Jesucristo. En Grecia y Roma fue adoptado como alimento y extendido por los romanos a toda Europa. Aparecen registros de este cultivo en Francia en el siglo IX, en Inglaterra en el siglo XIV y las expediciones de Cristóbal Colón llevaron semillas a América. Es de la familia de las Cucurbitáceas y necesita de un clima templado, para cultivarse en óptimas condiciones.