Castilla y León disfruta de dos indicaciones protegidas, la de El Bierzo y la de Fresno-Benavente

 

Rojo, verde y amarillo. Asado, crudo, frito; en gazpacho, relleno o ensalada; acompañando carnes o pescados o protagonista único; o hasta en mermelada como ya lo elabora, en un giro dulce, una empresa palentina con el rico de Torquemada. El pimiento lo tiene todo bueno y, desde luego, importa mucho más que un bledo o un comino. Al parecer la expresión despreciativa se debe a que, en la época medieval, la economía rural consistente en el trueque, le daba escaso valor a los alimentos vegetales.

Color y sabor para regalar fibra, vitaminas y antioxidantes. Bajos en calorías, mucho crudos o asados, los convierten en un gran amigo de las dietas y la capsaicina tiene además una acción antibiótica, analgésica y estimulante de la mucosa gástrica y de la vesícula biliar. Los rojos, poseen además licopeno de acción anticancerígena. Contribuye a reducir las tasas de colesterol, mejora el estreñimiento y, el dulce, es muy bueno para las personas con estómago delicado. También se utiliza en bálsamos para pieles irritadas por soriasis y herpes.

Es buena época para los pimientos; aunque no es difícil encontrarlos todo el año, en particular, los envasados. Castilla y León es además una gran productora de pimientos -la cosecha anual supera los dos millones de kilogramos- y puede además presumir de contar con dos certificados de Indicación Geográfica Protegida, la de El Bierzo y la del pimiento de Fresno-Benavente, también de León, con Zamora y Roales de Campos de Valladolid. Hay indicios de que, en Ponferrada, se empieza a cultivar el pimiento a mediados del siglo XVII aunque la primera industria conservera artesana de la comarca aparecería en 1818 en Villafranca del Bierzo. El pimiento berciano compartiría con la Torre Eiffel un lugar en la Exposición Universal de 1900. La empresa Ledo que los asaba y comercializaba llevó su aroma a París.

Pero el pimiento es todo un veterano en el panorama mundial. Hay evidencias arqueológicas en yacimientos ubicados en el suroeste de Ecuador de que los chiles fueron cultivados hace más de 6.000 años, fue uno de los primeros vegetales “domesticados” en América que se autopoliniza. Sobre el siglo I antes de Cristo, el poeta romano Marcial mencionó el “piperve crudum” (pimiento crudo) en sus Libros XI y XVIII. Lo describía como un fruto largo y con semillas, algo que recuerda al chile o a la pimienta larga, que también era bien conocida por los antiguos romanos que lo llevaban a su mesa.

Cristóbal Colón fue uno de los primeros europeos en encontrarlos, los descubrió en la actual zona del Caribe, y los llamó pimientos por su sabor, parecido al de la pimienta negra europea, del género “piper”, en realidad sin ninuga relación botánica. Tal vez, además de confundirse respecto a la tierra que pisaba también lo hizo entre el fruto y la especia. Diego Álvarez Chanca, un médico de la segunda expedición de Colón a las Indias Occidentales en 1493, llevó los primeros pimientos chiles a España, y fue el primero en escribir sobre sus efectos medicinales un año después.
Desde México, en tiempos de la colonia española que controlaba el comercio con Asia, se extendieron rápidamente a Filipinas y desde allí a India, China, Corea y Japón. También los portugueses los obtuvieron de España y los extendieron por el mundo.