Frito, asado, a la plancha, empanado, relleno… entero, pechugas, alitas… Acompañado de dulce, salado, agridulce…

 

Si algún alimento suma preparaciones posibles y gustos diferentes, tantos como culturas, tantas recetas y más como libros de cocina, tantas manos como personas se enfrentan a los fogones y cada una con tal cantidad de variedades, que es imposible hacer un repaso de las posibilidades, ese es el pollo.

En bocadillos, frito, asado, a la plancha, empanado, relleno… entero, pechugas, alitas… Acompañado de dulce, salado, agridulce… Con verduras, patatas o en ensalada. Un apasionado podría pasarse los 365 días del año, incluso uno más si es bisiesto, sin repetir ni en un solo menú la receta. Y es además alimento muy reciclable; de ahí, las croquetas, la ensalada tipo César o cualquiera que sugiera el ingenio culinario. También, de ahí las fajitas de pollo mexicanas que, si bien es mejor partir de la materia prima en crudo, también facilita el aprovechar los restos de otra comida.

El empleo de este alimento para el consumo humano se remonta al Neolítico, en el momento del cambio de sociedades cazadoras y recolectoras a agricultoras y ganaderas. Algunos estudios revelan que las primeras gallinas y pollos domesticados podrían provenir de la India, de hace más de 4.000 años.

No obstante, los primeros datos sobre la domesticación de gallos proceden de lugares tan alejados entre sí como China, Egipto y Creta, durante el 1.400 a.C. En Europa llegó a los corrales más tarde, hacia el año 700 a. C.

Los romanos, los distribuidores

Luego, sería el Imperio Romano, a través de las rutas comerciales entre sus colonias, quien realmente propagaría la cría de gallos, gallinas y pollos por todo el continente europeo durante los primeros siglos después de Cristo.

Para los romanos, el gallo era el símbolo de Marte, dios de la guerra, por lo que lo utilizaban como sacrificio en sus rituales religiosos. Sin olvidarse de su uso en la mesa. La diferenciación y selección de razas comenzó durante la Edad Media, tomando suma importancia en la alimentación la carne y los huevos que proporcionaban estas aves durante mucho tiempo. Posteriormente, sería tratado en ocasiones como un alimento de segunda categoría por las casas reales y señores feudales ya que solía ser abundante entre las clases medias y bajas de la sociedad por lo que no ofrecía el exotismo de alimentos como el faisán.

Este menosprecio a su carne concluiría en el siglo XIX gracias a importantes premios otorgados a las mejores escuelas de cocineros de París, que presentaron platos elaborados con pollo, como por ejemplo Le Cordón Bleu o el más habitual en pepitoria.

Ahora, está en todos los hogares –más que en restaurantes– y admite, además, un congelado de calidad, en crudo o cocinado, y no faltan los negocios especializados en su asado.