La cooperativa Cuatro Rayas impulsa el 61 Dorado, un vino añejo procedente de una solera de los años 40

 

Es un vino que se elabora con uvas de las variedades blancas verdejo y palomino sobremaduradas, sometido en un primer momento a una crianza biológica en la que no intervine el oxígeno, en botas de Jerez de los años 40 y que envejece posteriormente con oxidación en bocoy. Durante este tiempo el color del vino pasa de un amarillo pálido hasta un llamativo color dorado. Se trata del 61 Dorado, el primer vino que embotelló y comercializó la cooperativa Agrícola Castellana, identificada como Cuatro Rayas, su marca más conocida, y que este año ha relanzado con una imagen renovada.

Mucho antes de que se creara la Denominación de Origen Rueda en 1980, en la zona era muy común este tipo de vinos que se llamaban añejos, generosos y amontillados, similares a los de Jerez y Málaga. Los socios de la bodega de la localidad vallisoletana de La Seca elaboraban en sus casas de forma tradicional vinos blancos con uvas sobremaduradas y los destinaban al consumo doméstico. Sin embargo, en 1938 decidieron llevarlos a los enormes depósitos de hormigón de las flamantes instalaciones de la cooperativa que había abierto sus puertas en 1935. Así empezaron a producir su primer vino común. Con los años, el vino introducido en el depósito número 61 se reveló como el mejor de todos.

Las primeras botellas salieron con el nombre de Amontillado Fino. ‘Fino’ por su primera crianza biológica, bajo el velo de flor que forman las levaduras y que impide que interactúe el oxígeno; y ‘amontillado’ por su envejecimiento posterior, ya con oxidación, en un bocoy de 640 litros o 40 cántaros, que era como se medía la capacidad, según recuerda el enólogo Ángel Calleja, que fue director técnico de Cuatro Rayas hasta su jubilación y que pertenece al equipo rector de la bodega.

En realidad, «la marca 61 se creó por el boca a boca –argumenta Calleja–, los socios venían a la bodega y pedían el vino del depósito que tenía el número 61, porque consideraban que era el mejor». Por ese motivo decidieron que ese sería el nombre a partir de entonces.

Hay que imaginarse la antigua nave de techos altos y techumbre de madera con ventanas para controlar la temperatura y suelos de albero para garantizar la humedad en la que se elaboraba. Las botas de Jerez de 300 litros se apilaban desde el suelo (la llamada solera) hasta sumar cinco pisos escalonados, conocidos como criaderas. Hoy esa nave ha sido renovada y las botas se apilan sobre portabarricas o durmientes para facilitar las labores. Pero muchas de las botas siguen siendo las mismas de los años cuarenta, al igual que la solera.

Desde los 14 años

Jesús García tiene 82 años y empezó a trabajar con 14 como ayudante de su padre, que era tonelero en Agrícola Castellana, y recuerda a la perfección cómo se elaboraba aquel vino. Se jubiló en 1999, de manera que hace tiempo que no pisaba la nave sur de la solera. Sin embargo, reconoce de inmediato un bocoy en cuya tapa se puede leer: Agrícola Castellana Sociedad Cooperativa La Seca (Valladolid). «Esta la pinté yo, me acuerdo perfectamente», se sorprende este socio, uno de los 300 que integran la cooperativa que cuenta con más de 2.300 hectáreas de viñedo adheridas a la DO Rueda.

«La uva se recogía sobremadurada porque interesaba que tuviera más grado, casi fermentaba de camino a la bodega», rememora Jesús García, antes de explicar que todos los viñedos estaban plantados en vaso y se podaban en rastros. Es decir, la vara crecía tanto que invadía la tierra y había que levantarla para arar. Este veterano añade que «a finales de los años cuarenta las botellas se recuperaban y se lavaban a mano». Era habitual que de esta tarea y del embotellado manual se ocuparan varias mujeres. Era una época en la que «la cooperativa vendía prácticamente todo el vino a granel en Santander, sólo se embotellaba el 61», añade el enólogo.

Elena Martín Oyagüe, actual directora técnica y que lleva 20 años como enóloga en Cuatro Rayas –de manera que se ha criado con las enseñanzas de Ángel Calleja–, explica el actual proceso de elaboración del 61 Dorado. «Una parte de las uvas de verdejo y de palomino o Jerez se vendimian más tarde, cuando están sobremadurada», asegura. Después se fermenta el mosto y se introduce el vino en los depósitos de hormigón que se adquirieron cuando se fundó la bodega. Allí pasará un año antes de ser trasegado a las botas de Jerez de la conocida como nave sur en las que ya hay vinos de añadas anteriores. «Las botas se rellenan hasta un sexto para que no se rompa el velo de flor y haya una crianza biológica. Cada año se vacía un quinto y se mete en un bocoy, donde envejece durante otros 12 meses, ya en contacto con el oxígeno, antes de ser clarificado y filtrado», describe la enóloga, antes de confirmar que no se recurre al antiguo sistema de mover el vino desde las botas de más arriba hasta las del suelo. Eso sí, el vino no tiene añada puesto que es una mezcla de cosechas.

Durante todo este proceso, los aromas a frutos secos de la crianza biológica se integran con los toques a vainilla y pasas de la crianza oxidativa. Cuatro Rayas elabora al año unos 100.000 litros de este vino, del que han salido en enero 8.000 botellas.