La Denominación de Origen Arribes celebra su décimo aniversario con el reto de recuperar viñedo y de incorporar a gente joven

 

Con vinos singulares, identificados con el terreno, con una tierra reservorio de variedades y situada en la transición entre el Duero y el Douro, en la frontera con Portugal. Es en este punto, en los Arribes del Duero, donde todo cambia. Y es esa unión de suelo, clima y variedades lo que hace que los vinos de Arribes sean tan singulares. Son vinos muy aptos para el envejecimiento. El enólogo Benigno Garrido los define como «extraordinarios en la diferencia». Él fue el primer director técnico de la Asociación Vino de la Tierra de Arribes del Duero, antes de que viera la luz la actual Denominación de Origen Arribes. De eso hace diez años. De la mano del enólogo fermosellano y de los miembros del Consejo Regulador, con su presidente, Juan Andrés Blanco, a la cabeza, recorremos los diez años de existencia y la evolución entre las primeras tomas de contacto con la administración en el año 1988, con el inicio de las denominaciones de origen en España, a la actualidad.

Lo hacemos en Fermoselle, el municipio zamorano que alberga el mayor número de bodegas de las 17 con las que cuenta actualmente la DO en las provincias de Salamanca, en la que hay cinco, y Zamora, con doce. Antes de finales de año está previsto que se inscriba la que será la decimoctava. Hay también bodegas en Fornillos de Fermoselle (Zamora) y en la parte de Salamanca, en Pereña de la Ribera, Villarino de los Aires, Aldeadávila de la Ribera y Ahigal de los Aceiteros.

Es Arribes una de las zonas vitivinícolas más antiguas de España, pero fue en el siglo XVIII cuando el vino tuvo su gran momento de expansión. Explica Benigno Garrido, procedente de familia de viticultores, que la tradición vitivinícola movía económicamente estos territorios, con el cultivo complementario del olivo y del almendro. La cultura de la vid era tan importante que hay pueblos como Fermoselle totalmente horadados y huecos por debajo. No en vano, se le conoce como el pueblo de las mil bodegas.

Fue entre los años 1996 y 1997 cuando viticultores de las zonas de la Ribera, en Salamanca, y de Fermoselle, en Zamora, iniciaron el proceso para poner en marcha una Denominación de Origen. Se plantearon unificar las dos zonas de tradición vitivinícola y surgió el nombre de Arribes del Duero, primero como Vino de la Tierra. El entusiasmo y la generosidad marcaron aquella época con el objetivo de tener un nombre común y una unidad de acción para intentar proyectarse al futuro. Crearon una asociación vinculada a esa figura de calidad que funcionó como si fuera un Consejo Regulador. Entonces la zona todavía contaba con unas 4.000 hectáreas de viñedo de las 5.000 que había en 1988, según los datos de los registros facilitados por Benigno Garrido.

En 2003 consiguieron dar el siguiente paso como Vino de Calidad de Arribes, ya sin el apellido Duero, paso previo que se había indicado para que la zona se convirtiera en Denominación de Origen. Para entonces se habían perdido unas 2.000 hectáreas de viñedo y se mantenían otras 2.000, de las que actualmente quedan unas 1.000, de ellas 750 están inscritas en la DO.

Casi una veintena de bodegas

El 27 de julio de 2007 se obtuvo la ansiada Denominación de Origen Arribes, que hoy cuenta con 17 bodegas y 200 viticultores. «Diez años más tarde, aquí seguimos y creciendo», afirma el director técnico, Carlos Capilla, junto al presidente, Juan Andrés Blanco, y la secretaria del Consejo Regulador, Rocío Carrascal. Es el décimo aniversario y están de celebración, por lo que hacen un brindis para la foto con tempranillo de la bodega Hacienda Zorita, la segunda instalación privada que abrió en la DO. Es el último día de vendimia en el viñedo, plantado en espaldera, junto a los olivos. Cuatro trabajadores van cortando los racimos.

El balance de este tiempo es bueno. Lo demuestra el deseo del presidente de que Arribes siga cumpliendo muchos más años. El catedrático zamorano considera muy interesante que se haya podido recuperar una zona tradicional de vino que define como muy peculiar por las variedades, la topografía y el clima.

Cree que la primera necesidad es no perder viñas, sobre todo, el viñedo tradicional, el de los bancales, la imagen más clara de la zona. Apuesta por recuperar plantaciones y por incentivar a la gente joven para que se quede en el medio rural y garantice la supervivencia del sector. Esto permitiría incrementar una producción que ahora ronda el millón de kilos de uva. Pretenden también conseguir que empresas fuertes, además de pequeñas, se instalen en la zona como una forma de apuntalar el sector.

De momento, ven que hay una mayor implicación empresarial y que más empresas se están implantando una vez que la calidad, la peculiaridad y la personalidad de los vinos de Arribes «está contrastada desde hace mucho tiempo».

El camino ha sido lento y no exento de dificultades. La última, los dos grandes incendios este verano en Fermoselle, que han afectado a la viña no solo por lo que se ha quemado directamente, sino también por lo que se ha resecado. A esto suma Benigno Garrido el recorrido «tan lento y con tanta traba» hasta conseguir la DO.

«Hemos pasado de un vergel a un desierto porque este recorrido tan lento ha hecho que haya desaparecido casi todo el viñedo», explica. Prueba de ello es que a los fermosellanos se les conoce como follacos, es decir, gente que vive entre la folla, entre la hoja, en esa contaminación idiomática con lo portugués y lo leonés. Pero la zona ya no es tan verde y la mayor parte del viñedo ha desaparecido.

A punto de certificar la Ruta del Vino de Arribes, quieren que la zona, con riqueza paisajística, topográfica y de vegetación, se constituya en un foco de atracción turística. Trabajan día a día para que los vinos sean más conocidos y para la calidad no hay techo.

Décimo aniversario de la DO Arribes