Un recorrido por el valle de Valdeón, corazón de los Picos de Europa

 

Viajamos al corazón mismo de los Picos de Europa. A una estrecha y abrupta garganta que sirve para separar dos de sus inmensos macizos. Es el pasillo natural lleno de vértigos que el río Cares abre en lo más profundo del Valle de Valdeón: hórreos, quesos, montañas y precipicios para un fin de semana entre gigantes.

En relación al topónimo, narra la leyenda la relación del príncipe Astur y su enamorada Europa. Esta, que era hija del rey Agenor de Fenicia, había sido raptada por Zeus y más tarde traída a estas montañas por el príncipe Astur para desposarse y vivir con ella. Escondidos y protegidos por un murallón pétreo tan bello como inaccesible, encerrados en un castillo inmortal, es así como acabaron ellos mismos convertidos en los «Picos de la bella Europa».

Precisamente, una prematura y moderna sensibilidad por la belleza natural que emana de estas montañas, junto al deseo visionario de ponerlas a salvo de futuras depredaciones especulativas es lo que impulsó a don Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, a emprender el camino que acabaría convirtiéndolas, el 22 de julio de 1918, en el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga. Era el primero que se creaba en España y su proclamación, el 8 de septiembre de ese año, se hizo coincidir con la conmemoración del XII Centenario de la Batalla de Covadonga.

Es decir, estamos ya en el año su centenario. Un cumpleaños que resonará con más fuerza a medida que nos acerquemos a la fecha señalada. También una excusa -si es que a alguien le hace falta- para visitar lo ya visitado o para descubrir por qué, por ejemplo, esa abrupta garganta que el Cares abre entre gigantes es uno de los recorridos más asombrosos de Europa.

Caín y su garganta están al fondo del embudo natural que es el Valle de Valdeón, un cuenco profundo rodeado por poderosos murallones calizos al que solo dan acceso dos puertos de montaña, el de Pandetrave si accede de la carretera de San Glorio, o el de Panderruedas, si se llega desde el puerto del Pontón.

Un cuenco tan sabroso de degustar como los afamados quesos que llevan su nombre: fuertes pero irresistibles para los amantes de los quesos con carácter.

En el recorrido por el valle hay que apuntar sus ocho poblaciones: Caldevilla, Soto, Posada, Prada, Los Llanos, Cordiñanes, Santa María y Caín. En todas encontramos muy buenas muestras de arquitectura tradicional montañesa y, en especial, un reguero de hórreos autóctonos -91 en concreto- que tienen la consideración de Patrimonio Histórico-Artístico.

Aislado casi hasta las últimas décadas del siglo XX, Posada de Valdeón ha acabado convertido en un núcleo turístico que trata de aprovechar la privilegiada situación. Como una de las vías de entrada al Parque Nacional por su vertiente leonesa dispone, de una las Casas del Parque en las que recabar la información que se precise (tel. 987 74 05 49).

Santa Marina de Valdeón, ubicada a 1.156 metros de altitud, es el pueblo más alto del valle y el que ofrece, a la vista queda, algunas de sus perspectivas más impresionantes, con el murallón calizo repleto de gigantes que superan con mucho los 2.000 metros, al fondo. También es el más antiguo de Valdeón.

De camino al desfiladero merece la pena detenerse también en Cordiñanes, desde donde se accede a una espectacular vía ferrata de reciente apertura o al hayedo de la Canal de Asotín, también recién incorporada al clúster de «Hayedos primigenios de los Cárpatos y otras regiones de Europa», incluidos en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. O en el Mirador del Tombo; en el Chorco de los Lobos, una de las mejores reconstrucciones de las trampas tradicionales que se usaron para capturar los lobos de Valdeón; o la ermita de Corona, en cuya campa la leyenda asegura la coronación de Pelayo como rey de los visigodos.

Luego, ya sí, quedan Caín, sus precipicios y el Desfiladero del Cares, el pasillo de doce kilómetros que une esta localidad, en el lado leonés, con Poncebos, en el asturiano. Remate para un viaje en el que todo, desde los paisajes hasta el menú que se cata en sus mesones, desborda lo imaginable.