Maruja Botas, precursora del cocido en Castrillo de los Polvazares

 

No es un restaurante, no tiene letrero en la puerta ni carta o acceso directo. Es la casa de Maruja, de Maruja Botas. Indescriptible. Si algún establecimiento en el que se pueda degustar un buen cocino maragato es peculiar y original es el de esta mujer, maragata; pero no una maragata cualquiera, sino que su árbol genealógico –que exhibe en su comedor– ofrece cinco generaciones muy numerosas y solo de maragatos que garantizan su ADN.

Porque «los maragatos se casaban entre ellos para mantener las herencias», aclara. Maruja no quiere entrevistas ni artículos ni más fama. Insiste en ello sin dejar de bromear, soltar refranes y sonreír desde unos ojos verdes intensos; pero consiente, abre sus puertas («solo cuando me da la gana») y muestra el más personal comedor, con medido número de comensales, lleno de placas, más de un centenar contadas, que agradecen su buen hacer. Paredes repletas de cuadros y fotografías dedicadas de políticos, cantantes, actores… de todo el mundo; incluida «la infanta Elena con sus hijos».

Pero Maruja, insiste en ello: «No es solo el cocido, que ya ves, es un plato muy sencillo. Es sobre todo la sobremesa. Aquí me llaman con tiempo y encargan, grupos, y algunos traen guitarra… Qué de gente he conocido y las que hemos armado y cantamos, bailamos», y no tarda en conceder demostrar su arte con las castañuelas maragatas con sus características borlas verdes y rojas; aunque se queja de que falta el tamborilero. Cocina desde niña, con su madre, y después abrieron las puertas de su casa, de piedra e historia, para la buena gente. «A mí me conoce todo el mundo, todo el mundo… soy una fundadora del cocido maragato» y lo mismo se sientan a su mesa «obispos, que militares, que barrenderos, que médicos…», describe. Y a quien más recuerda, pues «a Tarradellas», no lo duda.

Hija única, no se casó. «Bueno sí, con mi cocina, con lo que hago, porque estoy enamorada de mi trabajo y muy realizada». Y a una edad que coqueta oculta, suma 38 años de cocidos. «Nací en esto». Y realmente desde niña creció entre los fogones y los pucheros de su madre que comenzó con esta forma de vida para dar de comer a militares y veraneantes. Después, llegó toda una seña de identidad para la zona y hasta siete restaurantes llenan las empedradas calles del cuidado pueblo de Castrillo.

«He ganado muy poco dinero, mis satisfacciones valen mucho más, porque aquí comen mis amigos. Me lo paso muy bien. Jamás me aburro».
El tiempo dirá si el sobrino de Maruja, Cecerino, que ahora la ayuda, recoge el legado finalmente «porque esto no es rentable para un joven», asegura la genial Maruja. «Soy la fundadora –insiste–, luego vino todo lo industrial» y niega que haya más secreto en su cocina que el cariño, el cumplir el ritual del tiempo y los ingredientes y, el del baño María, para las natillas. Y, «cuando ponía el vino malo, traían el suyo, ahora ya lo he cambiado». Y vuelve a reírse.