Un paseo melódico por el valle de la provincia de Ávila, reserva natural de Castilla y León

 

Aunque el hielo quedó atrás, en el alto de la Paramera, ahora que rodamos por los caminos de tierra de Iruelas, desgarrados por la escorrentía, el aire sigue siendo taxativamente glacial. Aún así, Andrew Gourlay hace descender el cristal de la ventanilla trasera del Zoe y saca fuera la cabeza, «para escuchar el silencio». La música callada del valle en la mañana aún no hollada del domingo. «Guilty», dice Andrew. El joven y flamante director titular de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León se siente invariablemente «culpable» cuando atraviesa un espacio natural a bordo de un vehículo convencional. Con el Zoe es diferente. Sus emisiones son cero. Y el ronroneo del motor queda definitivamente superado por el sonido de los pájaros.

– ¿Todos mis músicos han elegido música clásica para la banda sonora de su viaje a la Naturaleza?
– No todos…
– Pues a mí me parece estar escuchando ahora ‘Sara’, de Fleetwood Mac.

Puede ser cierto. El sonido del aire entre los pinos laricios, en armonía con el sonido del agua, podría estar interpretando en código secreto melodías a petición del oyente. Por ejemplo, las que lleva asociadas en su cabeza este músico, vibrante y talentoso, a sus viajes en automóvil cuando era niño, en los ochenta. En unas horas deberá estar volando hacia el Reino Unido, rumbo a su casa de Greenwich, donde tiene que resolver unos cuantos asuntos; entre ellos el de la nueva vivienda que se quiere comprar a orillas del Támesis, «donde cantan los pájaros y parece que no llega la terrible contaminación de Londres». La respiración se acompasa al ritmo del viento. El instante es perfecto.

El viaje comenzó por tierras de Valladolid, entre viñas y llanura cereal, salpicadas por aquellos pinares que debieron ser dueños absolutos del paisaje antes de que Castilla se convirtiera en granero. Simancas y Tordesillas. Los ojos de este británico de ascendencia rusa, nacido en Jamaica y criado entre las Bahamas, Filipinas, Japón e Inglaterra, brillan al mismo tiempo con inteligencia y nostalgia. Después Rueda, Medina del Campo y Arévalo: más Castilla geométrica antes de entrar, por Pajares de Adaja, en la pura Moraña, desnuda y verde a pesar de la escasez pluvial. Kilómetros de horizonte entre pecho y espalda antes de entrar en Mingorría, donde las encinas y los berrocales delatan bruscamente la presencia de la Sierra de Ávila. Las piedras caballeras, el granito que respira como respiran los verracos celtas… Finalmente la ciudad de Ávila. Mejor no entrar. No dejarse seducir por su imagen de sirena, de maja de piedra desperezándose sobre la presa de Fuentes Claras. «¡Qué impresionante el auditorio mirando de frente a la Muralla…!», recuerda Andrew. Por unos segundos, la visión mayestática de la ‘urbs in agris’ de Georges de Santayana, antes de reintegrarnos al puro campo.

El vehículo eléctrico, cien por cien eléctrico, sube con donosura los altos de la sierra. Caballos y vacas, vacas y caballos en las ondulaciones montañosas cubiertas de blanco. La estampa de la Ávila ancestral de los antiguos vetones, que ya cuidaban de sus ganados por estos parajes en el siglo V antes de Cristo. Es necesario pararse a respirar unos segundos el aire del alto de la Paramera, 1.523 metros de altitud…


Entre grandes ciclistas y buitres negros

Ya puerto abajo, de paso por El Barraco, el recuerdo de los grandes ciclistas –Arroyo, Chava, Carlos Sastre–; las cabras que triscan en el canchal y una pareja de buitres. Leonados.

– ¿Veremos los célebres buitres negros?
– Dicen que hay ochenta o cien parejas, quizás la colonia más numerosas de todo el continente europeo. Pero no nos hagamos ilusiones…
– Me conformaría con ver algún… «deer»…, ¿cómo se dice en español?
– Ciervo, corzo –puntualiza el conductor, que además de apasionado del vehículo eléctrico lo es de la Naturaleza y la lengua de Shakespeare.

Dejando por fin atrás el desvío para Navaluenga y Burgohondo, la cuesta se desparrama sobre el embalse de El Burguillo. Aquí sí que son visibles los efectos de la sequía. Completamente vacía, la cola del pantano luce ahora como debió estar en otro tiempo, encajonada en el valle y sin retenciones de agua. ¡Qué estampa tan distinta a la del pantano de siempre, con sus casas sobre el agua, sus playas, su misterio…! Sólo ante el paredón del embalse, con las marcas del nivel del agua, uno es en verdad consciente del drama. Arrojados sobre el fondo, los restos de un bote compiten con la estampa surreal de un árbol crecido en mitad de unos viejos raíles de embarcadero. Al otro lado, un grupo de casas flanquean la entrada al espacio natural. «¿Cómo es posible que hayan permitido construir estas casas aquí…?»

El antiguo poblado de los resineros, con su iglesia, su restaurante y sus instalaciones comunales, es hoy el enclave de Las Cruceras, el campamento base desde el que iniciar la visita a la reserva. De aquí parten caminos, senderos y trochas que suben por gargantas y barrancos siempre acompañados del sonido del agua. Una mújer sica que, después de haber visto los estragos de la sequía en el embalse, se antoja más celestial que nunca. Un pelotón de ciclistas de montaña, con sus mochilillas y sus prismáticos, se cruza con nosotros en el inicio del camino. Tan sencillo es recorrer el parque siguiendo sus hitos principales como perderse para encontrarse en una espesura plena de sensaciones primigenias. Aquí hay árboles como para hacer una tesis: sobre los melojares originales, bosques superpuestos de pinos, tejos, acebos, castaños, avellanos, saucedas, abedules, fresnos, cerezos, olmos de montaña o serbal de los cazadores; y los arbustos: cambroneras, piornos, escobonales, jaras, enebros rastreros… sin olvidar la medicinal manzanilla de Gredos. Hasta seiscientas especies y subespecies vegetales.

Hoy, sin embargo, no está el día para el avistamiento de pájaros. Nada de buitres negros ni de águilas imperiales, que son los que dan nombradía a la reserva. Si acaso un pechiazul que pone, sobre el verde y el pardo, su corchea de color… Acaso también tres corzos que cruzan sin prisa a lo lejos, junto al pantano. Lo justo para escapar al objetivo ávido de Fran, el fotógrafo. Da igual. Escuchando los sonidos de la montaña surge un sentimiento de tiempo sin tiempo que lo invade todo. «Cuando estoy en lugares así pienso que es donde debería estar siempre», dice Andrew…
El medio día apura el último auxilio del sol para sujetar la temperatura. Va siendo hora del regreso. Antes, eso sí, parada y fonda en Las Cruceras, para conversar y reponer fuerzas. «La orquesta está ahora en un punto extraordinario. Hay músicos con experiencia, gente con mucho talento y también gente joven. Creo que es una composición muy buena». A pesar de su juventud, Andrew Gourlay puede hablar con conocimiento de causa. A su batuta han obedecido formaciones musicales de todo el mundo, desde la Sinfónica de Londres hasta la de Chile, pasando por la de San Diego, la Philarmonia, la Real Filarmónica de Liverpool, la Orquesta de la BBC, la London Sinfonietta, la de Melbourne, la de Oporto… Con todo y su naturalidad, no ha querido posar para Fran dirigiendo el gran espectáculo de la Naturaleza en el Valle de Iruelas. «Aquí la batuta no tiene sentido», dice. La orquesta coral del Valle de Iruelas se dirige con las manos, o con la mirada, como hacía Karajan en sus momentos de gran plenitud.

Las últimas luces van cediendo su espacio a las sombras, que se deslizan ya con decisión desde los cerros de Iruelas.

– Y lobos, ¿hay lobos por estos montes?
– Más de los que se dicen.
– Espero que no se encuentren con nuestros… «corzos»… Ya no se me olvida la palabra.

El enlace llega a Las Cruceras para llevarse a Andrew hasta el aeropuerto de Barajas. Se acabó lo que se daba. El resto de la expedición regresamos en el filo de la tarde a bordo de nuestro Zoe. Por el ‘whatsapp’ llegan algunas sugerencias musicales para el viaje de vuelta. Radiohead, Duran Duran… Miles Davis. Con la trompeta argéntea de Miles en ‘Stella by Starling’ se manifiesta el último sol del domingo en el alto de la Paramera.