En el origen de este producto se utilizaba la nieve o el hielo de las montañas

 

Sorbete, polo, crema, en cucurucho, tarrina, al corte, tarta helada, de frutas, café, de turrón, chocolate o hasta de pistacho. Rojos, verdes, marrores o amarillos. Solos, sobre café caliente, con fruta. Es infinito. El helado, que además desde hace ya tiempo no es en absoluto exclusivo del verano, ofrece una refrescante variedad de posibilidades gastronómicas y de sabores. Un postre perfecto, adorado por los más pequeños y, si es artesanal o casero, si no tiene grasas de palma o coco, y está hecho con leche y productos naturales, es sano además de agradable. Y más rico cuanto mejor sea la materia prima.

Pese a la dificultad que supone el hielo, el helado, o las variedades que dieron origen al mismo, son realmente antiguas. Para ello, se utilizaba la nieve o el hielo de las montañas. Los persas habían dominado ya la técnica de almacenar hielo dentro de grandes refrigeradores, enfriados de forma natural, conocidos como Yakhdan. Estos almacenes mantenían el hielo recogido durante el invierno o traído de las montañas durante el verano. Trabajaban usando altos receptores de viento que mantenían el espacio de almacenado subterráneo a temperaturas frías.

El hielo era luego mezclado con azafrán, frutas y otros sabores variados. Por otra parte, se dice que el rey de Macedonia, Alejandro Magno, y el emperador romano Nerón enfriaban sus jugos de fruta y sus vinos con hielo o nieve traídos de las montañas por sus esclavos.

El café procope de París, la primera heladería

Cuando Catalina de Médici contrajo matrimonio con Enrique II de Francia, ella hizo que su cocinero llevara las primitivas recetas de helados a la corte francesa. Fue un secreto muy bien guardado. En Francia se añadió huevo a las recetas. Una nieta de Catalina se casó con un príncipe inglés, y el helado llegó así a Inglaterra. De esta manera, se difundieron estos productos en Europa introduciéndose luego en América durante la época de la colonización.

En el año 1686, el siciliano Francesco Procopio dei Coltelli abrió en París un establecimiento, llamado Café Procope, alcanzando gran fama por sus helados y su café. El rey Luis XIV lo llevó a su presencia para felicitarlo por su producto. Fue la primera heladería.