Con las investigaciones y la aplicación de las nuevas tecnologías, las bodegas buscan eficacia y mejorar la calidad de los vinos

 

Drones dirigidos por control remoto, aplicaciones móviles, catadores electrónicos, sistemas para la trazabilidad, selección clonal y de levaduras autóctonas. Una bodega no deja de ser una industria agroalimentaria a la que, hace tiempo, llegó la tecnología con modernas tolvas de recepción, depósitos de acero inoxidable con camisa de frío, mesas de selección vibrantes y ópticas, despalilladoras, prensas neumáticas y otras máquinas cada vez más precisas. Las bodegas de Castilla y León no son ajenas a esta era en la que la innovación se ha hecho imprescindible, tanto en el campo como en la bodega.

El hecho de que un importante empresario bodeguero de Castilla y León, Carlos Moro, haya recibido el Premio Nacional de Innovación demuestra que el sector vitivinícola de la comunidad autónoma ha protagonizado una auténtica revolución en las últimas décadas. No tan lejos está la imagen de nuestros abuelos conduciendo una mula entre las hileras del majuelo, una fotografía que solo se puede captar ahora en zonas de terrenos abruptos y empinados, donde las cepas se sitúan en terrazas, bancales o paredones (Arribes y Sierra de Salamanca), o en terrenos en los que las vides están plantadas en marcos en los que tampoco puede entrar ni siquiera un pequeño tractor (Toro, Cebreros, Cigales).

El pasado 6 de febrero, el rey Felipe VI entregaba a Moro el premio nacional en la categoría Trayectoria Innovadora. De esta manera, el Grupo Matarromera se convertía en símbolo de que la tecnología y la innovación han llegado hace muchos lustros a la viticultura y la enología de Castilla y León. Solo este grupo con bodegas en Ribera del Duero, Rueda, Toro, Cigales y Rioja, ha invertido más de 30 millones de euros en las dos últimas décadas. Además, desde 2007, la Consejería de Agricultura y Ganadería ha concedido a las bodegas ayudas por más de 3,8 millones de euros para 31 proyectos de innovación, lo que significa que las inversiones duplicaban esa cantidad, solo en el caso de las empresas que sí que han solicitado subvenciones en este periodo porque, como es lógico, hay muchas otras que no han accedido a ellas y que sí han destinado parte de sus fondos a investigaciones y aplicaciones innovadoras.

Tomamos como ejemplo el Grupo Matarromera, precisamente por ser abanderado y punta de lanza de la innovación en Castilla y León. Su presidente, Carlos Moro, explica que participan en 70 proyectos de investigación oficiales relacionados con temas vitícolas y enológicos, siempre en pos de la calidad. Proyectos que «son un espejo en el que se miden otras bodegas». Así, confirma que hace 25 años se incorporó la tecnología y una masa de conocimiento tan importante que supuso un cambio radical respecto a la generación de sus abuelos.

Una de las principales aportaciones de Matarromera fueron las investigaciones para analizar cómo afectaba el cambio climático a la variedad verdejo, dentro de la estrategia Cenit (Consorcio Estratégico Nacional de Investigación Técnica), promovido por el instituto de Ciencias de la Vid y el Vino. El consorcio Cenit Demeter está liderado por Bodegas Miguel Torres y en él participan 26 empresas españolas vinculadas al sector vitivinícola. Junto a Matarromera se encuentran las bodegas castellanas y leonesas Protos y Pago de Carraovejas.

En 2007, Matarromera también fue pionera a la hora de implantar un sistema integral de gestión y trazabilidad (VinoTec), desde la viña hasta la comercialización del vino embotellado. El Proyecto San Bernardo ha permitido conocer cada una de sus parcelas a fondo. El objetivo de todo ello: «Ofrecer al consumidor el vino más exquisito y delicioso».