Los tres kilómetros de este monumento segoviano forman parte del Patrimonio de la Humanidad

 

Rafael Rojas

Eclipsadas por la opulencia monumental de Segovia, las murallas de la ciudad nunca han sido su monumento más difundido. La prueba es que en las redes sociales de viajeros se asombran con su descubrimiento y el comentario más repetido es «no sabía que Segovia tenía muralla». Sin embargo, se trata de la más larga de entre las tres que conservan todo su perímetro en capitales de provincia españolas. Sus tres kilómetros de extensión trazados en parte por los romanos y los celtíberos, y erigidos como los conocemos ahora en el siglo XI para proteger la ciudad medieval, superan en extensión a las murallas de Ávila y de Lugo.

Miguel Ángel Chaves Martín, autor de ‘Puertas de la muralla de Segovia’, cuenta que ya en el siglo XVI, con toda la ciudad conformada «la muralla separa la ciudad interior de sus arrabales, divide culturas y religiones, organiza clases sociales y se constituye en el mejor referente de carácter guerrero de la ciudad». La ciudad tuvo un importante desarrollo textil justo en ese siglo, pero una discreta vida industrial posterior, lo que favoreció que el cerco amurallado llegara casi íntegro hasta hoy.

Las murallas comenzaron el siglo XXI con buenas noticias: una serie de restauraciones e inversiones de más de dos millones de euros las iban poniendo en valor. Ahora, se puede conocer toda su historia, acceder a sus caminos de ronda y pasearlas enteras, lo que supone abarcar, a un lado y a otro de los muros, toda la Segovia clásica. Pero las murallas de Segovia nunca han tenido vocación de elemento museístico y eso forma parte de su encanto. Finalizada su función militar, siempre han estado entrelazadas con la vida de la ciudad: son los muros de las casas; el mirador al que llegan los atardeceres más sugestivos; dan sombra y protegen de la lluvia o el viento.

De la muralla dicen que tiene forma de pata de jamón y de barco –con la popa en el Acueducto, la proa en el Alcázar y la vela mayor en la Catedral–. Su espesor es de dos y tres metros de mampostería, tapial de piedra y sillares de granito y en su construcción se usaron losas recicladas de antiguas edificaciones segovianas, como la necrópolis romana. Para comenzar una visita es imprescindible acercarse al espacio de Información Turística de la Muralla, junto a la Puerta de San Andrés o Arco del Socorro, una de las tres puertas que se conservan de la antigua cerca medieval.

Desde aquí se accede a un espacio expositivo con paneles, fotografías y material interactivo. También se puede adquirir aquí la entrada con la que recorrer el adarve de la muralla gratis las mañanas de lunes a viernes o por tan solo un euro (1,50 euros con audioguía). Lo que se encuentra el visitante que pasea por el adarve es una alta vista hacia el cauce del río Clamores y el cementerio judío, por un lado y hacia la monumental Segovia intramuros por el otro, con el barrio de la Judería casi al alcance de la mano. En muralla.turismodesegovia.com se puede reservar online e informarse de todas las actividades, como la exhibición ‘El arte de la cetrería’, que se celebra el 14 de octubre a las 12:00 horas en El Jardín de los Poetas, en la muralla norte.

 

Visita nocturna

La muralla se puede observar de tres maneras: desde el exterior, desde el interior y desde lejos. Y quizás habría que añadir una cuarta: la nocturna, cuando la iluminación le da un carácter mágico. Todas ellas proponen una experiencia distinta. Acercarse a alguno de los miradores alejados de la ciudad, como Zamarramala o La Lastrilla, es conocerla en su integridad y darse cuenta de que sí, Segovia tiene muralla y su perímetro es fundamental para entenderla.

Los diferentes paseos exteriores que desembocan en el Monasterio de la Fuencisla permiten darse cuenta de la inicial intención defensiva de la ciudad y conocer las huertas junto al Clamores o las construcciones humanas que salpican la orilla del Eresma. Como el Paseo de la Alameda, tan querido del poeta Antonio Machado cuando residía en la ciudad, el Monasterio gótico, mudéjar y plateresco del Parral o la Casa de la Moneda, la fábrica creada por Felipe II al estilo de El Escorial.

Recorrer el interior de la muralla, en cambio, es descubrir esa manera en que los segovianos la incorporaron a sus vidas y a su urbanismo. Algunos de los 80 cubos que llegó a tener son ahora terrazas de algunas casas y la forma de las calles es la de los muros en buena parte de la ciudad. El nuevo siglo ha traído también nuevos usos para este monumento. Muchos parques desembocan en las restauradas almenas, convertidas en miradores. Uno de ellos el Jardín de los Poetas, pequeño y coqueto, repleto de espiritualidad y con sorpresas como un retoño del olmo seco del que escribió Machado.

Las puertas son la parte más llamativa y sugestiva de la muralla, que poseía cinco de ellas y ocho postigos, pequeñas aberturas destinadas al paso de personas. De las tres puertas que quedan, la de más empaque es la de San Andrés, escoltada por dos torres. Las de San Cebrián y Santiago tienen arcos de herradura y cuerpo bajo de sillería almohadillada. Esta última también se puede visitar por dentro y alberga la Colección de Títeres de Francisco Peralta.