Castilla y León es una de las comunidades españolas con mayor afición al consumo de este cultivo por sus bajas calorías y gran sabor

 

Intenso rojo, agua, dulzor. La sandía es una gran fruta, una fruta enorme. Y no solo por su tamaño sino por sus posibilidades. Además del sencillo consumo directo o del fácil zumo, esta fruta ha ganado terreno en platos más elaborados, uno de los más sabrosos y sorprendentes es el gazpacho con sandía tan sencillo como añadirle este jugo; fácil es también añadir a su pulpa en forma de bolitas y macerada, durante una hora en algún licor de fruta, crema chantilly y salsa de chocolate. En almíbar es poco conocida pero sabrosa y, en ensalada, da buen juego aunque acepta peor que otras frutas su preparado en caliente.

Nada mejor que una buena sandía, en especial para mayores y niños, cuando el calor aprieta y extraordinario es su aporte en los regímenes de adelgazamiento porque sacia al contener fibra y no engorda. Es la fruta que más cantidad de agua contiene; aunque sus vitaminas y sales minerales son poco relevantes, destaca más en minerales como el potasio -necesario para la transmisión y generación del impulso nervioso y para la actividad muscular normal- y el magnesio; aunque en cantidades inferiores a otras frutas.

El color rosado de su pulpa se debe a la presencia del pigmento licopeno, de ahí su aporte antioxidante. Además, la sandía tiene propiedades depurativas y es recomendable para los problemas renales o de las vías urinarias. Su contenido en fibra ayuda a limpiar los intestinos y favorece la eliminación de residuos tóxicos.
Las sandías cultivadas al aire libre florecen a finales de primavera y principios de verano, por lo que los frutos están en su punto óptimo de sazón a lo largo de todo la época estival y a principios del otoño; pero como se cultiva en invernadero, es fácil disponer de ejemplares a lo largo de todo el año.

La sandía se considera originaria de países de África tropical y su cultivo se remonta desde hace siglos a las orillas del Nilo, desde donde se extendió a numerosas regiones bañadas por el mar Mediterráneo. Los pobladores europeos fueron quienes la llevaron hasta América, donde su cultivo se extendió por todo el continente. Los grandes productores actuales son, además de España, Turquía, Grecia, Italia, China y Japón. Se tiene constancia de más de cincuenta variedades de sandía, que se clasifican en función de la forma de sus frutos, el color de la pulpa, de la piel, el peso y el período de maduración.

Como todo alimento, la sandía hay que elegirla bien. Está madura si la mancha de la cáscara que ha estado en contacto con el suelo es de color amarillo cremoso. Si es blanca o verdosa indica que ha sido cortada antes de tiempo y resultará insípida. Para que sea de buena calidad debe recolectarse cuando está totalmente madura. Debe sonar a hueco, el gesto de golpearla con los dedos o las palmas de la mano no es un capricho o un juego del consumidor avispado sino una forma real de detectar su calidad. Su superficie no ha de presentar cicatrices, quemaduras de sol, abrasiones, zonas sucias, magulladuras u otros defectos. Cuando se adquieren ya abiertas es fácil ver su aspecto y hay que buscar una carne firme y jugosa.

La sandía es una fruta que se conserva en perfecto estado durante dos semanas si se mantiene fresca y hasta tres si está en el frigorífico; pero como es muy sensible al frío no debe mantenerse a temperaturas inferiores a los 7 y 10 grados centígrados. Su gruesa corteza le permite aguantar en buenas condiciones incluso a temperatura ambiental.