Miguel Ángel Alonso y María José Galera se han propuesto recuperar los viñedos del valle de Jamuz en León

 

El paisaje está plagado de viñedos viejos, muchos de ellos abandonados, y rodeados de jaras, pinos, encinas y robles. Estamos en el sur de la provincia de León, en el valle del río Jamuz, donde Miguel Ángel Alonso y María José Galera se han propuesto recuperar cepas de las variedades mencía y prieto picudo para revitalizar la viticultura de la comarca y elaborar vinos singulares de poca producción.

Este titánico proyecto llamado Fuentes del Silencio arrancó hace cuatro años en el pequeño municipio de Herreros de Jamuz (León), que era conocido en el pasado como “el pueblo de las fuentes” por la gran cantidad de reservas de agua. Esa fue la inspiración para dar nombre a la nueva bodega que se construye en el casco antiguo del municipio gracias a la rehabilitación de varias casas de piedra y adobe, donde contarán con tienda y sala de catas. Los primeros vinos de Fuentes del Silencio son de la añada 2015, cuando elaboraron 10.000 botellas. Se trata de referencias que responden al concepto de vino de parcela o de “terroir”.

Miguel Ángel Alonso nació en París. Su madre era francesa y su padre de Herreros de Jamuz, aunque se crió en Galicia, donde más tarde estudió Medicina y se especializó en Cirugía. Su mujer, María José Galera, de origen valenciano, también es cirujana. Ambos se han lanzado a “una labor titánica” para volver a poner en el mapa vitivinícola los viñedos de Jamuz. Se trata de una zona desconocida en la actualidad, a la que también los monjes cistercienses trajeron distintas variedades para elaborar el vino que se consumía en los monasterios. Algunos relatos de los peregrinos que recorrían el camino de Santiago dan fe de que en estas tierras se elaboraba vino para consumo doméstico y para vender a los caminantes.

Los propietarios de Fuentes del Silencio se han empeñado en recuperar el patrimonio vinícola del valle del Jamuz y elaborar vinos con la ayuda de la enóloga vallisoletana Marta Ramas y el asesoramiento del berciano Raúl Pérez. El reconocido enólogo ha confirmado que en la ribera del río Jamuz se pueden producir grandes vinos con el carácter y la personalidad de la zona. En la actualidad, la bodega dispone de 20 hectáreas repartidas en 70 pequeñas parcelas diseminadas junto al monte o en el interior de los bosques de los alrededores de Herreros de Jamuz. Se trata de viñedos centenarios, en algunos casos prefiloxéricos, en los que se mezclan las variedades tintas mencía, alicante bouchet (llamada en algunas zonas garnacha tintorera), prieto picudo y gran negro, así como las blancas palomino (Jerez) y godello, que están situados entre 850 y 900 metros de altitud.

Miguel Ángel Alonso destaca que “se trata de una mencía de altura muy diferente a la de El Bierzo, con un clima continental seco o extremo, de gran amplitud térmica entre el día y la noche y con escasas precipitaciones”. De hecho, la media de lluvias no supera los 500 litros por metro cuadrado, cuando en El Bierzo caen 800. Otra característica es que el Monte Teleno, con 2.188 metros de altitud, aísla de las nubes y proporciona una de las exposiciones solares más altas de España.

Vino de Pago

Si todo sale como han planeado, podría ser reconocido el primer Vino de Pago de la provincia de León, ya que presentarán su proyecto a la Junta de Castilla y León para que analice si cumple todos los requisitos. Miguel Ángel Alonso explica que van a solicitar este reconocimiento para cinco hectáreas que se encuentran en la misma zona y con las mismas características. Se llamaría Pago Fuentes del Silencio. También se encuentran en proceso de certificación ecológica de sus viñedos.

Además de colaborar en la elaboración de los vinos, Marta Ramas se ocupa de dirigir la recuperación de los viñedos en la que trabajan ocho personas. Ella misma confirma que las labores son difíciles porque son cepas que crecen al ras del suelo y obligan a llevar acabo una poda rastrera. “Hay que limpiar cepa a cepa”, explica. Muchas de las parcelas lindan con el monte o se encuentran dentro del bosque, de manera que las viñas están en constante competición con la vegetación, y las uvas son una atracción irresistible para jabalíes y conejos. De ahí, que se hable también de una viticultura heroica. Los viñedos crecen sobre suelos pardos de muy baja fertilidad, mayoritariamente ácidos, deficitarios en materia orgánica, de textura franco limosa-arenosa, abundante piedra y materia silícea.

 

Maceraciones largas

La vendimia es manual. Seleccionan las uvas según la maduración de las distintas variedades. Después se vinifican juntas, sin despalillar, y fermentan con levaduras autóctonas en depósitos o tinas de madera troncocónicas. “Las uvas se pisan a diario, se saca algo de mosto y se humedece el sombrero con mucho cuidado para que no se rompa el raspón”, detalla Marta Ramas, antes de subrayar que someten los racimos a maceraciones largas y suaves. Los vinos pasan después a barricas de 225, 300 y 500 litros, de tostado ligero y grano fino, “para reducir al máximo el impacto de la madera y que se mantenga la fruta”. La bodega tiene una capacidad de 90.000 kilos de uva, aunque este año han recogido 20.000.

El valle del Jamuz (afluente del Órbigo, y este del Esla, a su vez tributario del Duero) se encuentra entre las denominaciones de origen Bierzo, donde las reinas son las uvas mencía y godello, y de Tierra de León, con la casta prieto picudo como protagonista.