El rey del dulce adquiere múltiples formas ante una demanda cada vez más heterogénea

 

Como si de una atracción mágica se tratara, varias generaciones de conductores han sentido su llamada. El tránsito por la antigua Nacional 620 –hoy en día la Autovía A-62–, alcanzaba un momento muy especial, casi de jolgorio –sobre todo para los más pequeños del automóvil–, cuando se aproximaba el kilómetro 90. «¿Podemos parar papá?». «Mamá, ¿a que tú también quieres?».

En las ventanillas, Trapa y su fábrica de chocolate. Los niños y, por qué no, los no tan niños con una fantasía desorbitada, veían en esta antigua factoría monacal un reflejo de la obra de Roald Dahl, popularizada en el cine por el excéntrico Johnny Depp.

Se imaginaban como de los portones de la factoría salía a recibirles cargado de chocolate el extravagante Willy Wonka, seguido de una legión de los pequeños ‘Umpa Lumpa’, seducidos por el cacao de su amo. Podría ser «la visión más romántica», admiten desde Trapa, una firma que lucha por recuperar el esplendor del pasado tras un traumático proceso concursal, que le ha obligado a reinventarse de la forma más dulce. «El problema de raíz es que en España no hemos sabido explotar el chocolate, pese a ser los primeros en importarlo a Europa», comienza Carlos Monzón, director general, en relación a uno de los grandes descubrimientos de Hernán Cortés en su periplo por las Américas.

Oro líquido

Aquí el chocolate se disfruta de una forma casi extrasensorial. Existe un cierto halo dulce que supera el tacto de una tableta, el sabor de un bombón o el aroma que desprenden los grandes tanques donde el líquido, burbujeante y caliente –entre 45 y 50 grados–, parece esperar un cálido chapuzón. La tentación es mágica. Uno puede quedarse ensimismado durante horas viendo como las conchadoras buscan la textura y espesura deseada, mientras el chocolate gira como un tiovivo con la única amenaza de desbordar un recipiente en el que todos los presentes parecen desear que así sea.

Agitado, como un mar bravío, después de haber encontrado el equilibrio perfecto gracias a la mezcla de sacos de manteca de cacao, leche en polvo, tolvas de pasta de avellana y azúcar, el chocolate, sin Wonka, pero con dos jóvenes maestros chocolateros al frente, se transforma en cualquier forma imaginable. Bañado y moldeado casi con una reverencia escultural, enfermiza… Imposible resistirse a probarlo. A pasar el dedo para, acto seguido y ‘de estrangis’, meterlo en la boca para perder el sentido de lo correcto. ¡Ay dulce afrodisiaco!

Detrás de este sabor, con una receta original heredada de los monjes trapenses, están los dos jóvenes maestros chocolateros Jesús Medina y Luis Antolín. Los dos, de Cigales y Paredes de Nava, respectivamente, han convertido la pasión en su trabajo. Su sello está en las ciento y una formas que caen en una tolva para clasificar. Esperan a ser devoradas las clásicas tabletas. Las más puras de chocolate negro, pero también blancas, con leche… Incluso sin azúcares, pese a que estas no tuviesen mucho futuro entre los ‘Umpa Lumpa’.

El secreto de dos artesanos que tienen en esta pequeña factoría palentina una fábrica de sueños dulces, donde imaginar y crear… No hay límites. Solo sabores con los que conquistar antes de empaquetar el producto para que Trapa –o para los más románticos– aquel variopinto Señor Wonka, reparta toneladas y toneladas del vicio más dulce de la tierra.

 

El rey del dulce en Castilla y León