Castilla y León es una gran productora de viñedos para sus grandes vinos y también una importante consumidora de esta fruta

 

Tiene los colores del otoño. Verdes, dorados, negros, amarillos, rojos… con ese apagado tinte que confiere esta época del año y con sus tonos mates crecen en parra o viña en presumidos racimos siempre llenos de sabor y dulzor. Son para casi todos los gustos y además de la riqueza de los vinos que producen -Castilla y León es tierra de grandes caldos, de variedad y riqueza- las uvas como fruta abren multitud de posibilidades. Además de sus zumos y mostos o en macedonia, pasas o escarchadas, en mermelada o escaldadas dan interesante sabor a asados de carne, sobre todo de cerdo. “Con queso, saben a beso” y realmente la combinación resulta sabrosa; pero solas no reclaman nada más.

Mencía, tempranillo, godello, palomino fino, verdejo, viura o sauvignon blanc son las más habituales en la comunidad. Para el consumo como baya la más habitual es la de albillo y, aunque importada de otras zonas españolas, la de moscatel es una variedad que siempre se encuentra en el mercado. Pluralidad de tipos y tamaños para todos los gustos; pero ninguna se debe pelar, una costumbre muy frecuente, solo lavarlas muy bien y en el momento del consumo, no antes. La piel contiene muchos de sus principios activos, como el resveratrol, un anticancerígeno, antifúngico y antioxidante que se pierden al retirarla.

El lugar para conservarlas debe estar fresco, pueden estar envueltas pero sin oprimirlas y, a falta de una ubicación de temperatura adecuada, bueno es el compartimento menos frío del frigorífico. Las uvas crudas no se pueden congelar enteras por su alto contenido en agua.

Son muy diuréticas y sus azúcares suelen apartarlas de los regímenes de adelgazamiento. Son auténticas gominolas naturales. Favorecen también la vasodilatación, contribuyen a un buen estado de las arterias y el corazón, son desintoxicantes, laxantes, antianémicas y adecuadas para el exceso de ácido úrico.

La fruta del paraíso

No en vano es una fruta del paraíso. Dice la Biblia que Dios creó “hierba verde que dé semilla y árbol que dé fruto” en el tercer día de su creación. Probablemente la primera variedad fuera la “vitis vinifera” . Con el tiempo superan las 5.000 que se conocen en la actualidad. La comieron Adán y Eva y fue la vid que plantó Noé después del diluvio. Las uvas de la tierra prometida y habitual símbolo religioso. Desde su origen, en Asia Menor, comienza a ser cultivada sistemáticamente alrededor del año 3.500 antes de Jesucristo en la región del mar Caspio.

A principios del siglo XVII, los conquistadores extendieron la vid. Además, las pasas eran un apreciado alimento para los largos viajes en barco y los evangelizadores necesitaban vino para celebrar la misa. En Norteamérica, los viñedos no sobrevivieron al clima local y desaparecieron de la costa Este donde habían sido plantados; pero se estableció bien en la Oeste, especialmente en California.

Las uvas tienen especial relevancia en Nochevieja. En cuanto al origen de esta costumbre, extendida también en países sobre todo hispanoamericanos se encuentran varias versiones. Los más apuntan a 1909, cuando una extraordinaria cosecha de uvas de esa temporada llevó a los viticultores españoles a repartir el excedente y a alentar el consumo para atraer la buena suerte. Otros se remontan a 1882, cuando un grupo de madrileños decidieran ironizar la costumbre burguesa de tomar uvas y champán para celebrar el cambio de año, acudiendo a la Puerta del Sol a tomar las uvas al son de las campanadas. Las uvas de la suerte simbolizan los doce meses o las doce campanadas o ambas cosas; pero seguro que suerte dan.