La enóloga y bodeguera Esmeralda García es un ejemplo de emprendedora de éxito con su apuesta por elaborar vinos naturales en Pagos de Nona

 

Emprendedora y fuerte como esas viejas cepas centenarias con las que trabaja y que fueron capaces de resistir la filoxera, esa plaga que arrasó los viñedos europeos en los siglos XIX y principios del XX. En 2012, Esmeralda García decidió dar un vuelco a su vida profesional y apostó por las viñas centenarias de sus abuelos en Santiuste de San Juan Bautista (Segovia) para elaborar vinos naturales bajo la marca Pagos de Nona. Este proyecto se completa con Pagos de Nona Bierzo, donde su pareja, Jesús Hermida, hizo lo mismo con las cepas de los suyos en Pieros (León). Es un proyecto compartido.

Esmeralda García (1982, Segovia) se apasiona cuando habla de estos viñedos de la Denominación de Origen Rueda, aunque paradójicamente sus vinos no puedan llevar la contraetiqueta de esta comarca vitivinícola porque elabora menos de 30.000 botellas. La causa, el artículo 33 del reglamento del Consejo Regulador que, previsiblemente, será modificado. No es ninguna broma, el artículo 33 de la DO Rueda establece que «para la inscripción de bodegas elaboradoras, se exigirá el procesado mínimo anual de 30.000 kilogramos de uva». Esmeralda produce mucho menos. Se reivindica como viticultora y agricultora (lo que los franceses denominan ‘vigneron’). A partir de ahí, solo le queda la libertad.

Libertad para crear unos vinos muy peculiares y diferentes con unas uvas de máxima calidad procedentes de unos pequeños viñedos retorcidos, que cuida con mimo. Asegura que algunas de estas vides han cumplido más de 200 años. «Son los viñedos más antiguos de Europa, un patrimonio natural desconocido», defiende, antes de explicar que en la misma situación se encuentran los viñedos prefiloxéricos de otros pequeños municipios segovianos. Al mismo tiempo, se lamenta de que, en la mayoría de los casos, ese patrimonio vegetal esté desapareciendo porque «no hay relevo generacional». Se trata de la zona más alta del territorio que ampara la DO Rueda, con viñedos plantados a 900 metros de altitud, y unos suelos y una climatología muy diferentes.

Por todo ello, los vinos de Esmeralda García también son singulares. Son vinos que ella misma llama de pueblo, procedentes de las uvas de distintos parajes: bajas de pinar y río con arenas y cantos rodados; medias de arena fina de playa y más altas con arenas fuertes de degradación eólica (el viento). Solos o en ‘coupage’ (mezcla) son vinos que expresan el ‘terroir’, como también dicen los franceses. Incluso, de una misma parcela pueden salir dos vinos. Suelos con dos o tres metros de profundidad en arenas salinas del Terciario (cuando se retiró el mar de Tetis), en los que las cepas no fueron arrasadas por la filoxera.

Ella misma y su compañero Jesús podan las 4,3 hectáreas que posee en los alrededores de Santiuste. Pero la mayor lucha ha sido recuperar algunos de esos viejos viñedos abandonados que, en algunos casos, habían sido quemados. Pero nada, ni por eso, Esmeralda García les ha devuelto la vida.

Después de su formación como Técnico Superior de Análisis especialidad en microbiología y, más tarde, en Enología y Viticultura, así como en Calidad y Seguridad Agroalimentaria, Esmeralda asegura que es ahora cuando se siente de verdad «libre, lejos de los laboratorios». Ha colaborado en otros proyectos de más dimensión (Avelino Vegas y Finca Las Caraballas), pero ahora se dedica en cuerpo y alma a esta pequeña aventura. Una vez que ha llegado a entender las parcelas, ha levantado una pequeña bodega en Bernuy de Coca (Segovia). Trabaja en ella con pequeños depósitos de acero inoxidables, tinajas de barro y una ánfora, además de barricas de maderas de roble, de cerezo y de castaño (alguna procedente de Jerez), donde los vinos se hacen con paciencia, con calma.