Un viaje por los pueblos rojos y negros de de la Sierra de Ayllón segoviana

 

Son de colores porque la tierra sobre la que se levantan presenta uno de los abanicos cromáticos más variados de la Península en unos pocos kilómetros de recorrido. También, porque cuando nacieron, los pueblos se construían con lo que quedaba más a mano. El bosque, el barro, la piedra, la pizarra, el granito… eran la savia con la que se levantaban paredes, muros y tejados.

En cada caso, los únicos materiales de los que se podía disponer cuando los medios de transporte eran casi inexistentes y los viajes, cosas de rico. Antes de que el ladrillo y el cemento vistieran con el mismo uniforme cualquier construcción en cualquier lugar del mundo, lo que daba la tierra era la única opción posible. La única manera de dar forma a un hogar. En cada sitio, el suyo. Esos materiales, las mañas para acomodarlo y el gusto de cada pueblo para componerlos fueron los tres elementos que conformaban lo que los estudiosos dieron en llamar después «arquitectura tradicional».

Por eso, y por el milagro de que la enfermedad de la despoblación tuviera como único beneficio el que no se levantaran casas de nueva construcción a los nuevos modos, hay un reguero de pueblos -hasta ocho pueden contarse- sobre las laderas septentrionales de la Sierra de Ayllón que hoy sacan pecho presumiendo de que el color de sus fachadas es el color natural de la tierra sobre la que se levantan. Del color de las faldas de la Madre Tierra.