Las flores se empezaron a plantar hace dos siglos junto al viñedo para la detección precoz del oídio

 

El colorido de los rosales a pie de viña marcando las hileras y ese contraste de tono con las cepas ofrece una bonita visión que también despierta la curiosidad entre aquellos que pasean por los viñedos, con una imagen llamativa y característica. Pudiera ser solo una opción estética, pero la tradición de colocar rosales esconde una misión preventiva. Una vertiente que tiempo atrás tuvo mucho peso a la hora de adelantarse, sobre todo, a la presencia de la plaga de oídio en la vid, pero que con el paso del tiempo ha ido perdiendo peso con la llegada de nuevas técnicas ecológicas y el trabajo del día a día de seguimiento en el terreno del viñedo.

En la actualidad, casi dos siglos después de que comenzara esta práctica, gracias a los estudios y técnicas ecológicas desarrolladas para la prevención de plagas, su labor ha ido perdiendo fuerza y los rosales han desaparecido de un gran número de viñedos. En muchos otros perviven, la mayor parte con más funciones decorativas que preventiva y como un guiño a esa tradición histórica que ha acompañado a la cultura de la viña y el vino.

Es necesario echar la vista atrás en el tiempo, retrotraerse a hace casi dos siglos, para poder adentrase en el origen de esta costumbre. Era el año 1851 cuando entró en Europa, procedente de Inglaterra, el hongo Oidium tuckeri, conocido popularmente como oídio. Sus esporas se propagaron entre las plantas a tal velocidad que acabó con la mayor parte de las cepas de las regiones vinícolas.

En aquella época, en la Borgoña (Francia), los viñedos se encontraban alrededor de monasterios que elaboraban vino para misa. Allí, el oídio se difundió entre las vides, unas plantas que los monjes tenían la costumbre de cercar con rosales. Estos monjes cistercienses, según cuenta la tradición, pudieron salvar sus viñedos aplicando, primero a los rosales y después a las cepas, un tratamiento basado en espolvorear las plantas con azufre. Los rosales se convirtieron, desde entonces, en plantas que servían al viticultor para detectar enfermedades. También en España donde llegó la enfermedad, por primera vez, en 1865.

El hongo del oídio deja unas manchas en las hojas de la vid, cubiertas de un polvo similar a la ceniza, pero esos síntomas son visibles antes en los rosales que en las vides. Esa biosensibilidad, durante décadas, ha dado la pista para aplicar los tratamientos de forma temprana. Además del oídio, también detecta otro tipo de enfermedades, mohos, pulgón o ácaros que, aunque son menos peligrosos, pueden afectar a la vid si no se afrontan a tiempo.

Avances

En cualquier caso, la viticultura ha avanzado y parece que, según lo expertos, los rosales han pasado a tener menor protagonismo en la prevención de plagas. «El efecto que tenía antes ya no lo tiene, es más decorativo que otra cosa», según manifiesta Julián Sardina, de Bodegas Tudanca y propietario de Cecoga, una empresa de asesoramiento a viticultores. «Tenemos que olfatear la plaga antes de que llegue al rosal. Tenemos que prevenirlo no curarlo», insiste. En cualquier caso, confiesa que sigue plantando rosales en todos sus viñedos, «decorativos, de distintos tipos y ahora, también, aromáticos».

Haciendo historia, recuerda otros tiempos cuando «poníamos en cada margen de la calle un rosal para detectar rápidamente la enfermedad antes de que llegara a la planta». Sin embargo, insiste en que hoy en día «no esperamos a que el oídio o la enfermedad entre, ahora ya lo tratamos antes de que aparezca, con productos ecológicos, No se puede esperar a que llegue la enfermedad».
Avances

Por su parte, el experto en viticultura ecológica Jesús Lázaro, gerente de Kirios de Adrada, también considera que, en el momento actual, los rosales hacen una función más estética que preventiva. «Antes se sacrificaba el rosal para que sirviese de indicador de que teníamos la plaga; ahora es decorativo», opina.

Asimismo, incide en que el hecho de que una plaga esté atacando al rosal «no quiere decir que vaya a atacar al viñedo. A veces, es todo lo contrario: lo que hace es atraer la plaga y que no haga daño a la vid». Por ello, considera que «no es necesario tratar automáticamente la viña con productos químicos porque tengas oídio, ácaros o pulgones en el rosal; muchas veces se quedan ahí y no van a otra parte».

Todavía son muchas las bodegas y viticultores que siguen confiando en la colocación de rosales. Como tradición, como adorno y también por si los avances preventivos, alguna vez, fallan.