Cruce de caminos a las puertas del cielo

 

En alto, sobre la superficie plana de un cerro, las buenas vistas y las posibilidades defensivas que ofrece Medinaceli debieron de ser argumentos más que convincentes para que una de aquellas tribus celtiberas de la meseta prerromana decidiera plantarse ahí arriba para siempre jamás. Tanto y tan bien, por cierto, que los romanos tuvieron que sudar lo suyo cuando, hacia el 152 a.C., les tocó el relevo. Dado lo avispados que eran en la observación de los territorios y habitantes que conquistaban, no tardaron en decidir que aquella occilis celtibera –tal era el nombre dado por la tribu de los belos que la habitaban–, en alto sobre una meseta abierta a los cuatro vientos y a los valles del Jalón y el Arbujuelo, se hallaba ubicada en un estratégico cruce de caminos de primera magnitud.

Si de la presencia de los celtíberos en la ciudad que ellos fundaron no queda nada a la vista –otra cosa es si se rasca un poco bajo el suelo– de la de los romanos hay más que sobradas muestras. La más evidente es, desde luego, el arco de tres arcadas –único de estas características en la Península– que luce al borde del páramo como si fuera bandera y estandarte, todo en uno. De su presencia ahí se ha especulado posibilidad de que fuera erigido a modo de monumento triunfal. Lo que no quita para que cumpliera también la función práctica de puerta de la ciudad. Los vehículos y el transporte entraban por el arco central y los de a pie por los dos vanos laterales.

Otros restos romanos más que notables son los mosaicos encontrados en diferentes puntos del trazado urbano, en especial en el entorno de la Plaza Mayor, donde estuvo ubicado el foro de la ciudad.

Llegado el momento de la ocupación árabe, tampoco fue menor la importancia que le dieron al enclave. Tanto, que durante el reinado de Abd al Rahman III decidieron trasladar, en el año 496, la capital de la Marca Media desde Toledo hasta aquí. Medinaceli será una de las lanzaderas más utilizadas para que los ejércitos musulmanes tomen impulso en sus continuas batallas de hostigamiento hacia los territorios cristianos del norte. Y en esos trajines guerreros es cuando aparece Almanzor como figura principal del califato, corriendo arriba y abajo y brillando como destacado estratega capaz de poner en jaque a los ejércitos cristianos vez tras vez.

Entre la historia y la leyenda, más de lo segundo que de lo primero, se recuerda que fue a la vuelta de una de aquellas incursiones guerreras cuando a Almanzor le sorprendió una emboscada a las puertas de Calatañazor y una flecha enemiga le dejó herido de muerte. Tras fallecer en Bordecorex, la noche del 10 al 11 de agosto del año 1002, se dice que la comitiva fúnebre acompañó el cadáver de su caudillo hasta Medinaceli, sin que se sepa a ciencia cierta el paradero definitivo de sus restos mortales.

La escapada de esplendor con los Reyes Católicos

Por si no hubiera tenido bastante, Medinaceli volvió de nuevo a saber de esplendores y relumbres cuando en tiempo de los Reyes Católico vivió su época de mayor prosperidad, que culminaría con la creación del ducado de Medinaceli. Arranca aquí y entonces una de las más destacas y poderosas estirpes nobiliarias españolas.

En cuanto a la visita de este cogollo monumental, tan pulcro y bien cuidado que no extraña nada que forme parte de selecto club de ‘Pueblos Bonitos de España’, puede hacerse de dos maneras –ambas a pie, por supuesto–: al buen tuntún o siguiendo la señalización que guía por el circuito urbano hilvanando los puntos más interesantes. Para este último, sugiero hacerlo en el sentido contrario a las agujas del reloj. Es decir, comenzando en el arco romano para bordear el caserío mientras dejamos la amplia explanada del Campo de San Nicolás a la derecha. Esa larga calle desemboca en la plazuela a la que se abren la iglesia de San Martín y el convento de Santa Isabel donde, además de asomarse, merece la pena cargar con alguno de sus artesanales dulces.

Unas callejas por detrás se encuentran las ruinas de lo que fuera el beaterio de San Román, cuya función principal fue la de procurar un cumplido retiro a mujeres de alta alcurnia. Caminando tan solo unos metros hacia el borde del teso se localiza otra singularidad de Medinaceli: su nevero, el almacén de nieve de los árabes en la ladera umbría y que se conserva intacto.

En la Plaza Mayor encontramos varios puntos de interés. El principal es el monumental palacio de los Duques, construido a principios del siglo XVI para escenificar todo el poderío de la casa nobiliaria. Hoy es sede de la Fundación Dearte Contemporáneo. Su visita es obligada no solo para disfrutar de las obras expuestas en sus salas y su bello patio renacentista, también para contemplar uno de los mosaicos encontrados en la villa.

El rincón más fotogénico de la plaza es el que protagoniza la fachada de doble arcada del edificio de la alhóndiga con la torre de la colegiata emergiendo por detrás, como un faro. En el costado opuesto de la plaza se localiza el aula de arqueología, que ofrece un pequeño paseo de escenografías por la historia de la localidad.

Desde aquí, es fácil guiarse hacia la colegiata por pasadizos, angostas callejas y plazuelas. La colegiata es un monumental edificio, también del siglo XVI, levantada por los duques para engrandecer el patrimonio de la villa. El recorrido puede continuarse por pasadizos hasta la ermita del Beato Juan y, al lado, la llamada puerta Árabe, en el flanco occidental de la villa. Por ella el paseo lleva hacia el castillo -cuyo interior está dedicado al cementerio.

De regreso al casco urbano y antes de cerrar el círculo en el arco triunfal merece la pena desviarse por una de las calles de la izquierda hasta la plaza de San Pedro. Allí, una estructura de hierros y mamparas protege un trozo notable de otro de los mosaicos romanos descubiertos al ir a hacer obras en una de las viviendas de la plaza. Es lo que tiene vivir sobre tanta historia: a nada que rascas te aparece un premio.

MÁS INFORMACIÓN

Oficina de Turismo. Tel. 975 32 63 47. Miércoles a domingo de 10 a 14 y de 16 a 19.Web. www.medinaceli.es. Aula de Arqueología. Tel. 635 64 76 66. Palacio Ducal. Tel. 975 32 64 98.