En sus orillas se encuentran algunos de los monumentos de este estilo más bellos de Segovia

 

A este río segoviano le pasa que la majestuosidad de sus hoces le ha chafado poder presumir del resto de un catálogo de méritos del que muchos otros ríos quisieran siquiera unas migajas. Por ejemplo, el de venir al mundo superficial hilvanándose una serie de saltos olímpicos entre peñascos y toboganes graníticos conocidos, en su conjunto, como el Salto de Somosierra o la Chorrera de los Litueros. Ahí es nada, el salto de agua de mayor longitud de la comunidad de Madrid. O, por ejemplo, ver reflejados en sus aguas algunos de los templos más bellos del románico rural segoviano. Una buena forma de reparar tan injusto reconocimiento de méritos puede ser, ni más ni menos, que marcarse un viaje por sus orillas, desde su nacimiento hasta la desembocadura en Peñafiel. Un viaje no demasiado largo en kilómetros –las aguas lo hacen a lo largo de 106 kilómetros– pero más que bien surtido de paradas.

 

1. EL SALTO DE SOMOSIERRA.

No es que el Duratón nazca de un chorro concreto al que se le pueda llamar fuente. Más bien lo hace de la conjunción de arroyos que van resbalando por las laderas del pico Tres Provincias, en la Sierra de Somosierra, hasta que ya juntos a sus pies toman cuerpo como uno solo conocido de ahí en adelante como Duratón.
Pero de todos esos arroyos hay uno que destaca por empuje, destreza y malabarismos. Es el arroyo de la Peña del Chorro, considerado por todo ello y también por el volumen de caudal que aporta, como una de sus fuentes principales, si no la más importante de todas.

Acercarse a disfrutarla es tan sencillo como realizar el corto paseo que media entre la localidad de Somosierra. A lo sumo un kilómetro y medio, que requiere, no obstante, de la imprescindible prudencia y buen calzado. El paseo arranca de la gasolinera que encontramos en lo alto del puerto del mismo nombre. Ahí mismo comienza, en dirección a Burgos, el ramal en desuso de la antigua carretera nacional. Descendiéndola se localiza, a un kilómetro de la gasolinera, el arranque de una pista ganadera señalizada con dos jalones de nieve. Ya metidos en ella y casi a la vista de la cascada, no tarda en aparecer el portillo ganadero que tendremos que dejar como encontremos. Un poco más arriba toca cruzar el arroyo de las Pedrizas para desviarse, 20 metros más adelante, por una trocha bien marcada que arranca por la derecha entre piornos y cambroños. Es la misma que, en doscientos metros más, conduce justo enfrente de los tres saltos mortales con los que, et voilà, el Duratón se presenta en sociedad.

 

2. DURUELO.

Si nos hemos fijado como meta en este viaje ir recolectando los monumentos de estilo románico que hilvana el río en su discurrir sinuoso, el siguiente alto hemos de hacerlo en Duruelo. De su templo de la Natividad, el ábside es su parte más antigua y la que más evidencia sus orígenes románicos.

 

3. SOTILLO.

Su templo, orillado junto a la carretera, destaca como uno de los más notables del románico rural segoviano. En especial porque pueden verse en él las características propias de un taller de constructores que diseminaron su arte en diversas poblaciones del entorno del Duratón.

 

4. DURATÓN.

A 300 metros del pueblo y del otro lado del río encontramos una de las iglesias más bellas de toda la provincia de Segovia. Al menos entre las de este estilo. Hace falta tan solo un poco de sensibilidad para disfrutar como un niño con la riqueza iconográfica que se descubre en los capiteles del pórtico y la cabecera o los canecillos y metopas. Por cierto, unos prismáticos ayudan aún más a descubrir detalles deliciosos de las figuras más alejadas.

 

5. SEPÚLVEDA.

En la memoria del viajero han quedado dos cosas indeleblemente asociadas a Sepúlveda: el olor de los asados sea la hora que sea y su apabullante legado románico. También el encanto de sus calles más estrechas o la panorámica del conjunto que brinda el Mirador de Zuloaga. Pero como hemos venido siguiendo los tesoros románicos del Duratón nos podemos centrar en el templo de San Salvador, en todo lo alto, y el Santuario de la Virgen de la Peña, junto a las hoces del río. Y aún así hay que hacer algo de caso también a la de San Bartolomé o la de los Santos Justo y Pastor. En esta última encontramos, además, el estupendo Museo de los Fueros, con numerosas piezas artísticas de todo tipo y una cripta visitable. Información: turismosepulveda.es.

 

6. HOCES DEL DURATÓN.

Para muchos, la parte del viaje que menos presentaciones requiera. Y para otros muchos, la única referencia que tengan de este río. Desde Sepúlveda hasta Burgomillodo el río Duratón discurre a lo largo de 27 kilómetros por el fondo de un cañón de paredes calizas que en algunos puntos alcanzan los 100 metros. Tampoco debió de ser casualidad que una de sus revueltas más espectaculares fuera escogida por los constructores románicos para plantar en ella la bella ermita en honor de San Frutos. Son los restos de un pequeño priorato al que se accede por una pista de tierra desde la localidad de Villaseca. El coche se deja un kilómetro antes para que el trasiego de visitantes interfiera lo mínimo en la tranquilidad del lugar.

 

7. FUENTIDUEÑA.

De nuevo el Duratón puede sacar pecho para presumir de uno de los templos más bellos del románico segoviano: su iglesia de San Miguel, en lo más alto del casco urbano.

 

8. PEÑAFIEL.

No quedan restos destacables de arte románico en Peñafiel, aunque sí muchísimas otras cosas que ver y hacer en ella. Nosotros, por el momento, seguimos fieles a la exploración del río y echamos pie a tierra en el centro de la localidad, a muy pocos metros del mesón Molino de Palacios, en la orilla izquierda del Duratón hasta la que lleva la pasarela de madera que une la avenida de la Constitución con el callejón de San Fructuoso a la altura de un pequeño parque fluvial.

Y lo hacemos para seguir desde aquí la señalización del GR.14 que conduce en tres kilómetros y unos cuarenta minutos de marcha hasta su desembocadura en el Duero. Será el punto final de un río, el Duratón, que termina su viaje ahí como si tal cosa. Como si algunos kilómetros más arriba no fuera uno de los ríos más fotografiados de España, la estrella de uno de los paisajes de hoces y precipicios más asombrosos de toda la Península, refugio de rapaces y de santos eremitas, lugar de peregrinación, tajo en la llanura segoviana con más revueltas que una culebra moribunda.