Hay excursiones que son memorables. Y una de las que más es la que un buen día de primeros de octubre de 1910 condujo a don Antonio Machado hasta el corazón mismo de una de las leyendas sorianas más conocidas: la del parricidio de Alvargonzález.

Llevaba don Antonio algunos años viviendo en Soria y tenía el capricho de conocer unas fuentes del Duero que sentía en su corazón tan vecinas como lejanas a un tiempo. En la diligencia que le llevó hacia ellas trabó conversación con uno de sus dos acompañantes, un campesino que regresaba de Barcelona a su pueblo. Tras apearse en Cidones para seguir ambos su periplo a caballo hasta Covaleda, hacia donde se dirigían, la conversación terminó por asomarse a la terrible historia de los Alvargonzález. Fue al paso de uno de los puentes sobre el Duero cuando el campesino apuntó con una mano hacia lo profundo del bosque para señalarle a don Antonio dónde quedaban las tierras de aquella desdichada familia y la truculenta historia de envidias, codicia y asesinato que tenía en la Laguna Negra una tumba tan muda como sin fondo.