Julio López Alonso ha vivido la transformación de Villalar, que ha pasado de ser una jornada reivindicativa a un día de fiesta popular

 

Fernando G. Muriel

Para Julio López Alonso, el 23 de abril amanece como un día grande en la localidad abulense de Arévalo. Desde hace cuatro décadas, el que fuera máximo responsable regional de la organización agraria UPA es uno de los asiduos de la campa de Villalar de los Comuneros (Valladolid), hasta donde se desplaza en familia y en cuadrilla. Es un día de reencuentro, puesto que allí vuelve a coincidir con los hijos de familiares y amigos, con los que desde hace décadas se ha convertido en una tradición comer.

Desde primera hora de la jornada, en casa de Julio López preparan la comida, que siempre se lleva en abundancia para poder compartir las viandas con todos aquellos conocidos que se acercan a su lado en la campa en la que se celebra la derrota por tropas imperiales de Padilla, Bravo y Maldonado.

Es un día de añoranzas, en las que salen a relucir anécdotas de un pasado reivindicativo, de las luchas que pusieron en marcha los jóvenes progresistas desde las organizaciones políticas y sindicales de la izquierda. Es también un día de nostalgias por «aquellos que ya no están entre nosotros» y con los que compartió carreras delante de la Guardia Civil. Pero sobre todo es un día de alegría, festivo, en el que se comparten muchos recuerdos, principalmente esos grandes momentos de felicidad que han pasado juntos.

Al llegar a Villalar, tras instalarse en la campa, el grupo de Julio López realiza casi siempre los mismos movimientos. En primer lugar, visita al monolito que rememora a los comuneros de Castilla, donde a primera hora de la mañana se realizan las ofrendas florales. Después, da un paseo por las diferentes carpas en las que se va reencontrando con conocidos, que con el paso del tiempo se han hecho amigos, con los que disfruta de un rato de charla. En las mesas de los familiares y amigos de Julio López nunca faltan las tortillas de patata, los torreznos, los embutidos, las empanadas, la ensaladilla, unas buenas hogazas de pan de pueblo, alguna que otra bota de vino y el agua. La comida y la merienda se convierten en los momentos más íntimos, para finalizar la jornadas bailando a los sones del Nuevo Mester de Juglaría.