La cooperativa Santiago Apostol de Cebreros cuenta con doscientos viticultores que recuperan esta variedad de uva

 

«Si no conseguimos que la uva valga más, yo me marcho», les dijo entre nervioso e ilusionado Jesús María Soto (Chuchi) a los casi cien viticultores de Cebreros que tenía frente a él en uno de los salones del Ayuntamiento de la localidad. Eran los socios que se habían querido acercar a la primera asamblea general de la cooperativa Santiago Apóstol de la que él se había hecho cargo poco tiempo antes. Sabía que tenía que convencerles de que las posibilidades para recuperar una zona castigada por el arranque y el abandono de las viñas motivado, entre otras cosas, por el olvido de la herencia familiar o simplemente por la despoblación, no iba a ser fácil. El compromiso tenía que confluir en el mismo objetivo: recuperar la garnacha, pero la entrega, había de venir de todos los frentes. «No se trata de que se pague más precio por la uva -que se está haciendo- sino de que valga más», insistía un año y medio después de aquella primera reunión, mientras recordaba ese momento.

Con su enóloga, Bárbara Requejo, están ya terminando de recoger la segunda vendimia y entre el trajín de entrar y salir de cajas llenas de fruto se afanan en catar los primeros mostos: dos blancos, un clarete y hasta tres tintos. Es en lo que están trabajando a la vez con la intención de ir sacándolo al mercado. Solo el clarete tiene fecha, febrero o marzo del año que viene, y lo hará bajo la marca del rosado joven de garnacha Naranjas Azules que ya viene elaborando la sociedad Soto y Manrique de la que Chuchi forma parte. Respecto a los otros, todavía no se pronuncian porque están investigando y probando hasta conseguir lo que quieren. Se muestran traviesos en el proceso de elaboración aplicando a los tintos la fermentación de los blancos y al revés. El resultado «ya se verá», aseguran tanto el gerente como la enóloga, conscientes de que lo que buscan es dar un giro a lo que se ha venido haciendo.

La cooperativa de Cebreros se fundó en 1950. Hoy son 200 viticultores los que entregan uva en esas instalaciones en las que seguirán elaborando el tradicional Los Galayos (en honor al pico más alto de la zona), que es el vino más conocido en la comarca, pero le darán una vuelta de tuerca. Le aplicarán un cambio de imagen y de calidad «buscando una mayor implicación del pueblo». En los pasillos de la cooperativa reposan las últimas cajas del producto tradicional a la espera de ser vendidos y cuando se agoten esas partidas, se empezará otra vez con la misma marca pero un concepto diferente, según los nuevos gestores de la sociedad.

 

Bodega Cooperativa Santiago Apostol