Palacios ducales y olvidados puentes en un paseo junto a este río abulense

 

Algo debe de tener el Corneja para que tantos y tan principales personajes de la Historia hayan encontrado en sus riberas el lugar pintiparado para sus descansos veraniegos. Primero fueron los obispos abulenses, que descubrieron en Bonilla de la Sierra el rincón perfecto para torear los calores veraniegos de la capital. Calores que, hablando de Ávila, tampoco debían de ser de los de dañarse la muñeca a fuerza del mover el abanico…

Entre los siglos XIII al XIX, los obispos abulenses asentaron la costumbre de pasar en ella los meses de más calor. Cada ocho meses, la silla episcopal, con todo su séquito, trocaba las apreturas de la muralla capitalina por los vientos serranos que oxigenan las vegas del Corneja. A todo esto hay que sumar también el revoloteo de nobles y hasta de reyes como Juan II, que vino a refugiarse al castillo de los obispos para celebrar Cortes en 1440, en tanto se sofocaba el enfrentamiento de los infantes de Aragón con el condestable Álvaro de Luna.