Una guía palentina rescata del olvido obras artísticas a menudo desconocidas

 

P. J. LAVADO PARADINOS

Los mitos y tópicos repetidos hacen que el viajero se ponga unas anteojeras que le impiden disfrutar de todo, e ir más allá de lo que recomiendan las guías de turismo al uso, porque a nadie en su juicio se le puede ocurrir que existieran moros y obras de arte mudéjar en la provincia de Palencia. Y es más, por lo general puntualizan: «¿No será Valencia, verdad?». No, no señores, estamos hablando de Palencia, en el corazón de Castilla y León, famosa por sus yacimientos romanos, sus iglesias románicas, el Camino de Santiago y si me apuran, por el Canal de Castilla. Parece como si entre los siglos XIII y el XVIII hubiera un vacío enorme, porque también hay numerosos retablos renacentistas y barrocos, y nos suenan los nombres de Berruguetes, Valmaseda, Villoldo, Vahía y Fernández.

Pero, y si les digo que en esos siglos oscuros hubo varios artistas mudéjares que trabajaron en iglesias, casas y palacios de Palencia, y que encima dejaron sus nombres escritos: Braymi, Juan Carpeil, Alonso Martínez de Carrión, y que se codearon y compartieron obra con algunos de los citados, pensarán que hay algo que les queda por conocer de Palencia y de la comarca de Tierra de Campos.

La ‘Guía de Arte mudéjar en la provincia de Palencia’, que ha editado recientemente Turismo de la Diputación Provincial palentina, viene a paliar este olvido secular y a recuperar unas obras artísticas a menudo desconocidas. Por lo general, parece que los viajeros no suelen reparar en los techos de madera, los coros altos y los sepulcros, lucillos y obras en ladrillo de algunos ábsides y torres de la provincia. El mismo Camino de Santiago está plagado de estas techumbres mudéjares de madera, a cual más ricas: Villarmentero de Campos, Carrión de los Condes, Calzada de los Molinos, Quintanilla de la Cueza, Villacón…

Solo hay una explicación: el arte románico que campa en los valles del norte de la provincia, y que está cubierto asimismo de techumbres de madera, algunas conservadas apenas o en aleros protectores: Osorno, Aguilar de Campoo, Moarves de Ojeda, Pisón de Castrejón, Zorita del Páramo, Monzón de Campos, Torre de los Molinos o Cevico Navero, viene a demostrarnos que, iniciado el siglo XIII, cuando las grandes catedrales de la zona se comenzaron a levantar, las pequeñas iglesias rurales tuvieron que abandonar sus ábsides a medio acabar y dejar para tiempos posteriores el fin de sus fábricas. Los diezmos iban para esos grandes templos.

Hubo un primer florecimiento del mudejarismo en la zona en el siglo XIV, gracias al rey Pedro I y a los artesanos granadinos que le enviara Muhammad V, y del que queda el singular Palacio de Astudillo, convertido en convento de Clarisas, con un museo visitable.

La irrupción de Castilla

Pero Castilla se mete en el proceso de desarrollo y expansión hacia Europa y América a partir del siglo XV y los nobles señores Enríquez, Manrique, Mendoza, Manuel, Pimentel, Cisneros, y los propios Reyes Católicos, convierten esos inacabados templos en grandiosos edificios, con basamentos románicos: Paredes de Nava, Fuentes de Nava, Becerril de Campos, Támara y Santoyo, en donde los techos de lacería hispanomusulmana y los coros altos, decorados con personajes de época, vienen a sumarse con un nuevo tipo de construcción que el siglo XVI convertirá en un módulo, en toda la Península e incluso Sudamérica: la iglesia columnaria del tipo de Campos. Y entonces surgen todas esas pequeñas iglesias de tierra, madera y yeso que cubren casi por completo la mitad sur de la provincia.

Los mismos señores construyen sus casas de tapial y madera, ornamentadas con yeso y guadamecíes de cuero o alcatifas en el suelo, que en muchos casos se conservarán al convertirse en conventos para sus hijas y viudas: Calabazanos, Carrión, Aguilar, Palencia; donde las órdenes mendicantes, clarisas o franciscanos, guardarán el sueño eterno de sus fundadores y familias en arcos y lucillos de yeso con una arquitectura pobre y funcional, adecuada a la tierra. Estos conventos han salvado parte de los palacios y casas, que de otra manera han tenido un triste fin y destrucción, como la casa de los Buendía/Acuña en Dueñas.

El viajero tiene la oportunidad de recorrer estos puntos donde se muestra el mejor arte mudéjar de Castilla a partir de la guía, ayudado con las fotografías de Javier Ayarza y los planos, acostumbrando sus ojos a la penumbra o a la iluminación artificial, si ha llegado, descubrir esos cielos que representan el Paraíso islámico y cristiano para ver al Padre Eterno y al Tetramorfos en Santa María de Fuentes de Nava, las increíbles figuras geométricas que realiza Juan Carpeil en Villamuera de la Cueza, Cisneros y Villafilar. Las asombrosas techumbres de Cisneros, Boada y Abarca de Campos, Cevico Navero y Calzada de los Molinos, donde incluso una curiosa representación de la Pasión de Cristo aparece en la viga frontal del coro alto. Y no podemos olvidar tampoco el coro alto de Santoyo con la imagen de los personajes y tipos de mediados del siglo XV.