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Restos de la arquitectura industrial en el piedemonte segoviano

 

El mes de mayo se caracterizaba, en el piedemonte de la sierra segoviana, por el regreso de los rebaños merineros que se habían pasado el invierno triscando los pastos extremeños. Las idas y venidas de aquellos millones de ovejas, que atravesaban mucho más de media península dos veces al año, además de un espectáculo digno de verse, constituían una poderosa industria.

Durante siglos, aproximadamente entre el XIII y el XIX, en los que la Mesta estuvo a cargo de organizar y regir los pormenores de todo lo que tenía que ver con ella, las ovejas y sus lanas movieron y generaron inimaginables fortunas. Fortunas que tenían precisamente, como una de sus piedras angulares, el aprovechamiento y comercialización de las lanas.

Cumplido ya el invierno y con la primavera en marcha, el río de balidos enfilaba de nuevo hacia los pastos del norte. Tocaba el regreso a casa. Pero mover decenas de miles de cabezas de ganado atravesando pueblos, ríos y propiedades no era tarea sencilla. Para evitar conflictos y destrozos debían de hacerlo por los corredores habilitados específicamente para ello. De todos, las Cañadas Reales, sujetas y protegidas por una legislación propia, se constituían como auténticas autopistas ganaderas, con ancho suficiente como para que aquellos inmensos rebaños, con más de mil cabezas, evolucionaran en sus viajes migratorios a la mayor velocidad posible.