Luis Gutiérrez, crítico español de la revista ‘Robert Parker Wine Advocate’, es uno de los mejores catadores de vinos del país

 

Todavía recuerda cuando, durante el verano y tras el hartazgo de su abuela por tener que encargarse de tanta comida estival coincidiendo con las vacaciones de sus nietos, el abuelo les llevaba a comer a una tasca en el centro de la capital abulense. Vivía con sus padres y sus dos hermanas en Madrid pero las vacaciones eran para volver a su ciudad natal. Seguramente, sin ser consciente de ello, allí aprendió a saborear y a disfrutar de la gastronomía a la que no entiende si no va unida al vino. «Bebo vino y hablo sobre ello», dice de sí mismo Luis Gutiérrez (Ávila, 1965) para presentarse. Su criterio es el que temen o ensalzan los que quieren sobresalir en este mundo y su firma es la que rubrica las catas de los vinos de España, Argentina, Chile y Jura (Francia) en la prestigiosa revista ‘Robert Parker Wine Advocate’.

Él se declara «una persona normal, modesto lo justo, a la que le gusta el rock and roll y disfrutar». Su aspecto lo confirma. Es auténtico, sereno y serio, muy responsable de su opinión, «esa es la primera responsabilidad a la que tengo que responder cuando escribo un artículo», asegura. Cambió el ordenador (es informático y trabajó durante 22 años como directivo en Tetrapack) por el decantador a principios de 2013 y desde entonces ha ido creciendo en el sector. Lo único que echa de menos de aquella época es al equipo:«Ahora trabajo solo, no tengo horarios, no tengo oficina y ¡no tengo reuniones! Todo los días son sábado». Entre sus cosechas exhibe premios como el Nacional de Gastronomía a la labor periodística y libros como el que acaba de publicar ‘Los nuevos viñadores’ (Planeta Gastro, 2017). Le encanta visitar los viñedos para conocer a los productores y acercarse a la esencia de lo que luego será el vino. En uno de esos viajes recibe a Degusta en un paraje del Puerto de Arrebatacapas, en la zona de Cebreros (Ávila) a 1.100 metros de altitud, con cepas arrasadas por las heladas pero con una predisposición a recuperarse. El viento sopla frío y fuerte, pero una ligera copa de vino hace más llevadera la temperatura.

–¿Cómo se pasa de informático a experto en vinos?
–Pues a base de pasión, de locura y amor por el vino. Era mi ‘hobby’ y hace cuatro años se convirtió en mi forma de vivir. Ya no es solo un trabajo.

–Una afición que le ha llevado a ser la nariz y las papilas de Parker en España. ¿Cómo se consigue eso?
–A base de probar, de beber, de viajar, de hablar, de leer. La cata de los vinos es entrenamiento por eso es muy difícil que una persona de 18 años sea el «supertal», porque es muy complicado que haya podido adquirir la experiencia. A nuestra edad, todavía somos jóvenes para este trabajo. En otros ya eres obsoleto, pero en esto no.

–¿En una cata, dónde termina Robert Parker y dónde empieza Luis Gutiérrez?
–Está muy claro. Cuando nos contrataron (tres personas a la vez para distintas zonas del mundo) nos dijeron que tuviéramos nuestro propio estilo, nuestra opinión y que no fuera todo uniforme. No hay un estilo de la casa. No hay una línea editorial. Al principio, no tienes ni idea de lo que tienes que hacer, es un poco confuso, incluso te genera tensión, pero luego ya es bestial. Somos nuestra propia voz. Parker tiene ya setenta años y hace cinco vendió la mayoría de las acciones de la empresa a unos inversores de Singapur y hace unos meses, Michelín compró el 40% de ‘Wine Advocate’, con lo cual, Parker es uno de nosotros y hace el mismo trabajo que yo, aunque es el presidente.

–¿Han catado alguna vez juntos para valorar un vino?
–No. Lo que hemos hecho ha sido comer y beber juntos. El trabajo es individual y va con mi nombre. No necesito permiso para poner una puntuación, tengo libertad total.

–Cuando uno se dedica a una profesión tan subjetiva, ¿en qué medida aparece esa responsabilidad de lo que hay detrás de cada vino que cata: una familia, una empresa…?
–Yo lo primero que pienso es en la responsabilidad que tengo para mis lectores y para la empresa que me ha contratado para dar mi opinión. Lo mejor que puedo hacer es ser honesto y en cuanto me desviara de eso, no lo estaría haciendo bien. Intento abstraerme de las consecuencias que pudiera haber, que sé que existen, pero no es lo que me motiva.

–Con una media de 4.000 vinos al año y usted solo, con su mecanismo. ¿Cómo organiza las catas?
–Normalmente, en los consejos reguladores me preparan varios vinos o pruebo con los productores. Esto me ayuda mucho para entender el vino. Lo mejor para ello es ir al viñedo porque al final todo aporta: la vegetación, las plantas, el suelo, el estado de las cepas, el rendimiento…

–¿Qué es lo que valora?
–Es una valoración global y utilizamos la escala de los colegios americanos que oscilan entre 50 y 100 puntos. Lo que yo intento es crear una jerarquía de la calidad de los vinos teniendo en cuenta todo.

–¿Qué es para usted un buen vino?
–Un vino que te da placer.

–¿Qué vino le da placer?
–Es una cosa totalmente subjetiva, pero metes la nariz y ya lo sabes. Si es un vino que te acelera el corazón y que te vuela la cabeza, ese es para mí el máximo, no tiene nada que ver con cuestiones matemáticas.

–¿Le ha pasado alguna vez?
–Hay unos poquitos vinos, quince a lo mejor en estos cuatro años, que son los que yo digo que te aceleran el corazón y que los quieres comprar a pesar de que cuesten una pasta o sean dificilísimos de encontrar. Es como cuando te enamoras, un golpe de corazón.

–¿Cómo se puntúan vinos muy diferentes dentro de una misma denominación de origen y de un mismo territorio, con bodegas y viñedos que están incluso pegados?
–Yo intento crear una jerarquía, pensar «este vino es mejor que este, ¿dónde cuadra?». Al final lo tienes que valorar con cierta independencia, incluso en estilos que me pueden gustar menos, y calibrar en ese baremo de calidad un poco objetiva. Es una cosa que se aprende con la experiencia. Yo ya, con solo descorchar una botella y ver cómo huele, estoy casi viendo el vino. Eso es cuestión de práctica.


La nueva DOP Vino de Calidad de Cebreros

–Estamos en Cebreros. ¿Cómo valora los vinos de esta nueva DOP?
–Aquí hay un potencial de calidad tremendo, tiene unas características que la hacen única. La garnacha es una variedad que hemos ignorado y despreciado porque no se entendía bien y, cuando nos hemos quitado esos prejuicios y sobre todo la gente joven ha empezado a venir aquí y a entender los sitios, se ha encontrado que esa variedad puede producir vinos muy equilibrados. Para mí, equilibrio es una palabra importantísima en el vino.

–Dice usted que esta zona tiene potencial. ¿Tanto como El Bierzo?
–Yo siempre digo, y no es escaparme de la pregunta, que las zonas tienen el potencial, pero lo tiene que entender alguien y lo tiene que trasladar de la cepa a la copa. Y eso lo hace una persona. Por lo tanto, las zonas ‘per se’ tienen potencial pero necesitan gente que tenga la idea de calidad en la cabeza y el vino que puede salir de ese sitio.

–Le pregunto de otra manera, ¿se están haciendo buenos vinos allí?
–Claro. En todos los sitios hay muy buenos vinos. Lo que pasa es que no en todos los sitios hay cantidad de gente con esa idea en la cabeza de calidad y con esa inquietud y ese amor y ganas de volver a los viñedos, al campo, a la agricultura, a hacer las cosas como se hacían antes. Es que antes no eran tontos. Me extraña que no haya más gente joven que se contagie y se dedique a esto.

–Haga una valoración de la Ribera del Duero.
–Yo he sido muy crítico con Ribera del Duero, aunque parece que no me quieren escuchar. A mi me pagan por dar mi opinión y creo que lo mejor que puedo hacer para un productor es decirle lo que pienso de verdad. Si tú haces un vino plof y yo te digo que es un vinazo, ¿en qué te ayuda? Si hago lo contrario, te vas a cabrear como un mono pero a lo mejor recapacitas sobre lo que te he dicho y te ayuda a mejorar. Lo que hay que hacer es mejorar constantemente porque los demás (otras regiones) no están dormidos. El mercado global es cada vez más duro. Hay que decir lo que se piensa y cuando creo que hay que mejorar, lo digo.

–¿Entonces, en Ribera hay muchas cosas que mejorar?
–Hay que mejorar muchísimo empezando por la viticultura, que es lo importante del vino. No es importante ni la marca de las barricas que compran ni los meses en madera. Eso es secundario.

–¿Ocurre lo mismo en Rueda o en Toro?
–Parecido. Ten en cuenta que en las zonas con éxito comercial se tiene la tentación de hacer mucho volumen con muy poco margen y ganar mucho dinero. Es lícito pero no estamos hablando de la misma liga. El vino es una pirámide cuya cúspide son los grandes vinos del mundo, que son pocos, y tú te colocas donde quieres, pero asumiendo las consecuencias. Yo escribí un artículo muy duro contra Rueda porque fue la cosecha de 2013, que fue muy complicada e hicieron muchísimo volumen; vendimia mecanizada en la que no puedes separar, toda la uva con botritis podrida te entra en el vino… Empecé a probar los vinos y dije «si parece agua». Era impresionante. Titulé el artículo «Perdido en el supermercado», que es donde por desgracia se han colocado esos vinos. Es muy lícito y está muy bien, porque yo entiendo que esto es un negocio y hay que vivir de ello, pero… Los vinos de Rueda ya se han olvidado incluso de la zona. Ahora se habla de verdejo. En el momento en el que pierdes tu identidad y hablas solo de la uva, asumes un riesgo. Esa uva se puede plantar en Sudáfrica o donde sea y vender a 0,10 y a ti te van a sacar del mapa. Tiene mucho peligro.

–¿Es una situación fácil de reconducir?
–Es complicado. Cuando tienes unas estructuras empresariales ligadas a unos márgenes y beneficios, es difícil. En Rueda incluso cambiaron la legislación y metieron en el reglamento un mínimo de producción para entrar en la Denominación. Se quitaron a los pequeños y a los molestos y era una especie de cacicada. Hubo un presidente que resultó nefasto. Creo que ahora lo han reconducido.

–Decía usted antes que le extraña que no haya más jóvenes en este sector. ¿El vino puede ser una alternativa al abandono de los pueblos?
–Totalmente. Esto puede ser un mundo maravilloso. Es verdad que hay que trabajar pero la gente vivirá con más o menos dinero, pero felices.

–¿Usted lo es? Decía sentirse joven para este trabajo. ¿Qué quiere ser de mayor?
–Yo quiero ser feliz. (Silencio largo, el único en toda la entrevista) Estoy muy feliz en esto como estoy, no veo que se agote. De hecho, todos los días aprendo y eso es lo que quiero ser.