Senderismo, evocaciones y playas en torno al Lago de Sanabria

 

Es sabido que los monjes cistercienses de San Martín de Castañeda disfrutaron durante toda la larga vida que tuvo su monasterio de un privilegio que les dejaba con la boca abierta: el de explotar -y consumir, se entiende- todo lo que contuvieren las aguas del Lago de Sanabria. Por supuesto, y en especial, unas afamadas truchas que aún hoy son el sueño de quienes le encuentran gusto a eso de tirar la caña y hacer que piquen. De hecho, a la explotación de semejante manjar durante siglos, capricho de mesa y mantel solo al alcance de los más pudientes, junto al cobro del ‘foro’, el tributo que los sanabreses pagaban al monasterio por el uso de los innumerables bienes que atesoraba el convento, debió este gran parte de su prosperidad durante los 900 años que estuvo vivo.

Lo que no se sabe muy bien es quién pudo darles a los monjes fundadores, un grupo de cordobeses que en el siglo X llegaron procedentes del monasterio vallisoletano mozárabe de San Cebrián de Mazote, el chivatazo de que si fundaban donde hoy está el monasterio, además de vivir el resto de sus días en un lugar de belleza incuestionable, gozarían en este mundo del placer de comer un día sí y otro también la carne de un pez considerado la crème de la crème de entre los peces de río. Tampoco fueron los primeros: hay sospechas de que en el mismo lugar pudo existir otro monasterio de época visigoda destruido durante la invasión musulmana.