María Victoria Pedrero, violonchelista de la OSCyL, recuerda su niñez junto al Lago de Sanabria

 

Durante las templadas noches de San Juan, se puede escuchar el tañido de campanas procedente de las profundidades. Del campanario de una iglesia sumergida que nadie ha visto y que no todos logran oír. Solo algunos perciben esos sonidos que nos retroceden hasta tiempos inmemoriales, pero que perduran en el imaginario de un pueblo y de sus gentes y de la cultura oral sanabresa. Las campanas de la iglesia se perciben como un susurro que el viento traslada de un lugar a otro, como mece los campos en el mar de Castilla, en medio de esas noches de quietud y calma, solo alteradas por sombras que surgen y se difuminan y vuelven a renacer.

Con una luna de fondo que se sumerge en el agua hasta crear un ambiente misterioso y, en ocasiones, inquietante. Cuentan que en sus profundidades, un pueblo fértil y próspero quedó inundado por una falta de hospitalidad, que no parece propia de estas tierras. En noches oscuras, y ya no solo en las de San Juan, se pueden ver luces, entre tinieblas, que parecen andar sobre las aguas; las almas de los desaparecidos que intentan huir de la profundidad del lago.

“(…)
Campanario sumergido
de Valverde de Lucerna,
toque de agonía eterna
bajo el caudal del olvido
(…)”

A Miguel de Unamuno, que pasó unos días en el balneario de Bouzas en 1930, le impresionó la leyenda y se inspiró en ella para su “San Manuel Bueno, mártir”. En el prólogo a la obra, escrito en 1932, señala: “Escenario hay en San Manuel Bueno, mártir, sugerido por el maravilloso y tan sugestivo lago de San Martín de Castañeda, en Sanabria, al pie de las ruinas de un convento de Bernardos y donde vive la leyenda de una ciudad, Valverde de Lucerna, que yace en el fondo de las aguas del lago”.

Tristemente, como una premonición originaria de los cantares de gesta, parte de la leyenda se hizo realidad la fatal noche del 9 de enero de 1959, al romperse la presa de Vega de Tera. En pocos minutos, el pueblo de Ribadelago quedó sumergido bajo las aguas y la mayor parte de sus habitantes murieron en la tragedia. Hoy, parcialmente reconstruido, todavía se pueden apreciar sobre las rocas algunas cruces pintadas en el suelo, cada una de las cuales evoca el lugar donde fueron encontrados los cadáveres.

Diminutos, frente a la inmensidad de un paisaje dominado por las sierras de Cabrera y Segundera y el impresionante cañón del Tera, que nace poco más arriba, en Peña Trevinca, un silencio profundo se adueña del entorno. Solo lo acordes de la segunda sinfonía Resurrección de Gustav Mahler, y su idea de la fatalidad y el aspecto trágico de la condición humana, lo interrumpe como un silbido lejano que llega hasta los oídos. Al menos hasta los de Mavi, que se sumerge en ese mundo, mientras la intensidad de la tragedia y el desasosiego de un pueblo que no puede hacer frente a la naturaleza estremece lo corazones de sus acompañantes.

El viaje, a bordo de un eléctrico de Renault, el Zoe, capaz de recorrer hasta 400 kilómetros sin recargar, había comenzado unas horas antes en la autovía de Castilla. Un vehículo silencioso, pilotado de forma ejemplar por Iván, que nos trasladaría a un espacio mágico de luz, colores y sensaciones. “Es una aventura que me hace mucha ilusión porque de niña viví en Puebla de Sanabria y es como volver a mis años de infancia”, espeta María Victoria Pedrero, “Mavi”, violonchelista de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, nada más enfilar la A6 que nos conducirá hasta Benavente, para después tomar la autovía de las Rías Bajas. “Mi padre cantaba en un coro y quiso que sus hijas tuvieran formación musical”, nos explica mientras el coche silencioso va devorando kilómetros y el fotógrafo Fran Jiménez toma las primeras instantáneas del recorrido. Desde el interior de un modelo con nombre de mujer que ha catapultado a Renault al liderazgo en ventas de vehículos cien por cien eléctricos.

Dejamos Benavente y, casi sin darnos cuenta, recorremos la zona de los Valles y nos adentramos en tierras de la Carballeda, antesala de Sanabria, mientras se empiezan a divisar en el horizontes los picos de aquellas sierras que pocos más tarde comprobaríamos cuán de forma majestuosa circundan el lago. El paisaje cambia de repente y también sus construcciones. Atrás han quedado los adobes, y surgen de inmediato las casas de piedra cubiertas de pizarra y con grandes balcones de madera que constituyen la arquitectura típica de estos parajes.

La villa

Puebla aparece de repente, como si atravesáramos un túnel y, a la salida, nos encontráramos con un espacio distinto que nada nos hacía intuir. Majestuosa, sobre un encrespado cerro y con un aspecto inexpugnable, se aprecia una villa de estratégico emplazamiento fronterizo, con su castillo, construido en la segunda mitad del siglo XV por el IV Conde de Benavente, Rodrigo Alonso de Pimentel. Sus blasones y los de su esposa aparecen en la puerta principal. Al lado, la iglesia de Nuestra Señora del Azogue, del siglo XII, con una soberbia portada románica, cuyas columnas poseen fustes antropomorfos con atuendos medievales. Junto a ellos, el edificio del Ayuntamiento, de tiempos de los Reyes Católicos, con sus arquerías, ostenta dos singulares torres que aportan magia y equilibrio al conjunto histórico de la villa, que se ve enriquecido con una fabulosa muralla que abraza a la localidad, potenciando su carácter defensivo.

“Estuve hasta los cinco años en Puebla porque mi madre era profesora y daba clases en el instituto. Tengo recuerdos como flashes de la playas de lago, jugando con la arena, y también del Parador, que ahora no sé muy bien dónde está, pero que recuerdo que tomaba galletas y confetis”, nos relata Mavi, mientras el coche cruza el puente sobre el río Tera, que da entrada al pueblo antiguo, y enfila una pronunciada pendiente por calles estrechas y recónditas hasta llegar a la Plaza Mayor. “Viví primero en una casa en la calle junto al Ayuntamiento con grandes ventanales, que ya no podría recordar, y después en el barrio después del cruzar el río, en una casa grande que estaba cerca del instituto y que ahora se ha convertido en un centro de turismo rural”, evoca nuestra invitada.

Desde la parte alta, se pueden contemplar varios edificios con sus respectivos escudos en piedra y hermosas y grandes balconadas de madera, repletas de geranios de colores, con un claro predominio del rojo. Una empinada calle con casas blasonadas, dotadas de balcones de madera y grandes aleros, permiten magníficos encuadres, que Fran, con sus cámaras siempre a punto, no perdió la oportunidad de inmortalizar. Junto a un vehículo, el de Renault, que si por algo se caracteriza es por su nula contaminación y su adecuación a la armonía del conjunto. Un conjunto histórico que se engalana cada noche con una excelente iluminación ornamental y que a la chelista le transmite “calma y paz, con esos geranios espectaculares que adornan las fachadas”.

De vuelta a nuestra ruta, la carretera del lago discurre por un trazado serpenteante, rodeado de un bosque profundo de carballos que apenas dejan ver las aguas, hasta que, al salir de la última curva, nos damos de bruces con todo su esplendor. Con un paisaje idílico, como si hubiera sido moldeado a propósito para constituir un conjunto ornamental. Como un enorme jardín en el que no falta nada y todo está en su sitio en armonía y al que la naturaleza ha dotado con sus mejores colores. En sus aguas conviven truchas, barbos, escalos y bogas, que se pueden apreciar desde la orilla, como también se puede observar el vuelo de aguilas en sus cielos. “Los peces en sus aguas transparentes y cristalinas, con los buzos y la gente curiosa mirando lo que sucede, me trae a la memoria el “Sueño de una noche de Verano”, de F. Mendelssohn”, afirma María Victoria mientras contempla del paisaje.

Glaciación

Durante miles de años, inmensas extensiones de hielo estuvieron modelando las piedras de estas montañas. Al finalizar la última glaciación, se formaron estos grandes y profundos valles que hoy se llenan de vegetación. En la confluencia de las lenguas de hielo de los actuales ríos Cárdenas, Segundera y Tera, el hielo creó el recinto que hoy alberga el lago. Con restos bien apreciables de la fuerza de los hielos. Grandes rocas aborregadas, bloques erráticos y peñascos estriados son mudos testigos de aquellos tremendos fríos.

Se trata del mayor lago de origen glaciar de España y se encuentra magníficamente enmarcado en el ambiente de montaña de la Sierra Segundera, con picos de más de 2.000 metros de altura, inmerso en enormes extensiones de robles, abedules, acebos, tejos, alisos, chopos y fresnos. Su espléndida lamina azul, de forma ovalada, con su belleza serena, se rodea de un espeso cerco verde, en el cual la quietud y un sosegado reposo están siempre garantizados.

María Victoria Pedrero estudio tres años en París y cuatro en Baltimore (Estados Unidos). “Somos eternos estudiantes, con muchas horas de trabajo y callos en los dedos”, explica a sus acompañantes mientras respira con profundidad el aire limpio de estas latitudes y disfruta de una jornada que le ha devuelto a su infancia, a esos años de inocencia y juegos en la arena con su familia. “Soy la “paparachi” de la OSCyL y me llevo un equipaje abarrotado de sensaciones y de imágenes de luz y de color”, concluye.