Marianne Ten Voorde, arpista holandesa de la OSCYL, viaja en el coche eléctrico de Renault para conocer la Montaña palentina

 

No hay otro más palentino. No solo nace en la provincia sino que también muere para no hacerlo en la vecina Valladolid. El poeta Francisco Vighi, madrileño accidental de cuna pero reconocido palentino, es sin duda quien mejor explica el sentir del Carrión. «Por no ir a Valladolid -cosas del nacionalismo-, se suicida junto a Dueñas arrojándose en el río Pisuerga, labrador manso, competidor y enemigo». Su Romance de la vida y la muerte del río cobra actualidad y resuena como el eco en el mismo momento en que inicias en Cervera la ruta de los pantanos. Conocen bien en la zona a este poeta inquieto adoptado por Valle Inclán y de amistad inquebrantable con Ramón Gómez de la Serna, que tardó dieciséis años en terminar la carrera que le acabaría elevando a la montaña palentina por culpa de una vida bohemia tan atractiva o más aún si cabe que la ingeniería industrial.

Le gustaba más compartir letras con los amigos, y tal vez ese fue el motivo por el que dedicarse a la explotación de minas le sirvió como excusa para sentarse en Cervera de Pisuerga y dar rienda suelta a su verso colorista, desenfadado y hasta burlón en ocasiones. «Poeta me dicen los ingenieros, ingeniero me dicen los poetas», solía explicar con cierta sorna a los paisanos de la zona, allí donde escribió sus reconocibles ‘Ventas de la Pernía’ al más puro estilo del Marqués de Santillana.

Versos de altura nos acompañan, por lo tanto, en un viaje que tiene como objetivo admirar la belleza de la montaña palentina y ese atractivo que proporciona su desmesurado desnivel. Al misterioso paisaje que ofrecen picos como los de Peña Prieta (2.538 metros), Curavacas (2.500) y Espigüete (2.450), divisados todos ellos desde el Alto de la Varga, se une el que ya de por sí tiene viajar en un coche eléctrico. Un mundo lleno de posibilidades por descubrir el que ofrece el Renault Zoe, que también sorprende a nuestra invitada, Marianne ten Voorde. La arpista de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCYL) tiene ya interiorizadas las costumbres españolas, pero aún conserva alguna de su país de origen. «En Holanda somos muy ahorradores», apunta, preguntada por la tradición ciclista que impera en Países Bajos. «A un padre no se le ocurriría nunca llevar a su hijo al colegio en coche. La tradición dice que, cuando cumple 4 años, el niño va en su propia bici con el padre a su lado», explica, interesada en todas y cada una de las características que adornan al Zoe. La cultura holandesa, tan sencilla como práctica, es irrebatible en este sentido. «Si puedo hacerlo gratis por qué voy a ir en coche», espeta.

Su línea estética, la amplitud, la conducción, su autonomía, por supuesto el consumo,… Todo encaja en sus pretensiones. Salvo el precio.

Por encajar, hasta el arpa que siempre le acompaña –en sentido metafórico– tiene cabida en nuestra incursión por la ruta de los pantanos. Iván, nuestro conducto os informa al detalle de todas las cualidades que adornan al coche eléctrico. Cuatrocientos kilómetros dan para ascender al mirador del Alto de la Varga, el punto más alto en carretera de Palencia (1.413 metros), para visitar municipios aledaños como La Lastra, Triollo o Ventanilla antes de regresar a tierras del poeta.

Es allí, desde lo más alto, donde su verso vuelve a resonar, acompañado en esta ocasión por las inocentes notas que se escapan del arpa de Marianne. «Enorme cuna este valle / para mecer este río, / tan llorón y tan pequeño; / llanto de recién nacido. / Cobertor de lana suave / la nieve del valle frío».

A la magia que nos regala el paisaje se viene a sumar el sonido que desprende el instrumento sin necesidad de que toquen sus cuerdas. El aire improvisa su propio concierto por sí solo. Sin orquesta. Sin batuta. Sin dedos que lo provoquen. Animado solo por un paisaje agreste que es comienzo de todo. Desde allí no solo se respira libertad sino que se adivina el origen de los ríos Carrión y Pisuerga. Hermanos de cuna, ambos beben de la lluvia y nieve recibidas en los picos que se divisan cuyos valles caminan casi en paralelo hacia el sur de la provincia. No es el caso por la escasez que amenaza nuestras tierras en los últimos meses, pero desde las respectivas cabeceras de las cuencas fluviales, las aguas de estos dos ríos alimentan hasta cinco embalses. Es el Carrión –‘no hay otro más palentino’– quien da color al horizonte, al igual que lo hace el arpa en la orquesta, situada estratégicamente entre la cuerda y el viento.

Fiel a su perfil, el arpa de Ten Voorde le cuesta coger su sitio en lo alto de la montaña palentina pero termina acompañando sus espectaculares vistas con una banda sonora que bien podría ser la de ‘Memorias de África’ o cualquier tema de Andreas Vollenweider, el suizo que toca el arpa como los ángeles y también pacifista convencido.

Como al instrumento en las orquestas –hasta el siglo XVIII el arpa estaba reservada a los hombres por su metro setenta de altura y sus 35 kilos de peso–, también a Marianne le llevó su tiempo y esfuerzo domar a la fiera. Y es que esta arpista de fulminante vocación –a los 6 años ya lo tenía tan claro que sus padres le regalaron una cítara– nació zurda, y eso provocó que tuviera que esforzarse y trabajar más de lo normal. «Trabajé muchísimo la mano derecha hasta conseguirlo», explica esta ‘holandeña’ o ‘espandesa’, según la época del año, que disfruta tocando todo tipo de géneros en general pero la zarzuela en particular. «No solo es buena música sin más, sino que además no tiene pretensiones», añade. Tan profesionalizado encuentra el mundo de la música que Marianne echa en falta espacios para disfrutar de la música sin ningún propósito en particular. Iniciativas que acerquen una melodía, cualquiera que sea, a la calle y al común de los mortales. Es por este motivo por el que ella, espíritu libre por convicción, se ha divertido como nadie llevando la música de la OSCYL a las plazas de las distintas provincias de Castilla y León. Explicación también de que no deje de sonreír en ningún momento desde lo más alto de la montaña palentina, arpa en ristre, acompañada por el viento que envuelve picos como el de Peña María, el Curavacas, el famoso Espigüete, el Alto de la Casilla, La Rebollosa o el alto de Valderinas. Todos posan firmes para la foto desde el mirador del Alto de la Varga, rígidos por la crudeza de la nieve acumulada.

El silencio, ese vecino eterno que no aparece en los censos y nunca abandona el mundo rural, nos acompaña camino abajo hasta La Lastra, el pueblo fantasma –apenas dos puñados de habitantes– que sigue siendo víctima de su propia leyenda. Y es que cuenta la tradición que todos los 13 de diciembre los vecinos ascendían en romería hasta la cumbre para honrar a su Santa. Y en uno de esos animosos días, mientras se paseaba la imagen en torno a la capilla, un ave rapaz sorprendió a los portadores saliendo de la maleza. Ni corto ni perezoso uno de ellos no pudo evitar la tentación y arrojó el santo a la raposa, dejándola muerta en el acto. Cuentan los más viejos del lugar que la Santa se ofendió de tal manera que castigó a los vecinos con la indiferencia y el pueblo sufrió pestes y todo tipo de enfermedades en el ganado, además de sequías constantes y desde luego mucho más severas que las actuales.

La realidad dice que hoy es pedanía de Triollo, adonde nos conduce la excursión guiados por las huellas del ganado. Una zona ésta de larga tradición ganadera y lugar donde solían acudir los pastores trashumantes en su ruta entre la comarca cántabra de La Liébana y la montaña palentina. Es momento entonces de improvisar un concierto para amansar conciencias en compañía de unos cuantos vecinos del lugar.

Una vez que Marianne deja boquiabiertos a los lugareños, la excursión emprende regreso, y vuelve de nuevo acompañado por el eco del verso de Paco Vighi… y por el sonido de las aguas del Carrión. «Nace y muere en la provincia; / no hay otro más palentino. / Recen por él un responso / los frailes de San Isidro».

Un paseo por las nubes en compañía del silencio