Miriam y Chokria El Housain desarrollan la comida árabe y de fusión en el Restaurante Salam de la capital salmantina

 

Chokria El Housain, «Sucri» –interrumpe–, es una creadora… «nata», apostilla. «Me gusta elaborar todo tipo de cocina salada, darle el toque árabe… Eso sí, a los quince días ya estoy deseando que cambiemos de menú», comienza en relación a la variedad gastronómica que el comensal puede encontrarse en el Restaurante Salam, cuyo nombre, pese a que su toponimia podría indicar que el mismísimo Lawrence de Arabia aparecerá para sentarse a la mesa, tiene más que ver con la necesidad de aprovechar los restos del nombre de un negocio anterior que aludía a Salam-anca, la ciudad en la que todo el mundo sabe que si quiere probar auténtica comida árabe o siria deberá pasar por el establecimiento que regentan Sucri y su hermana Miriam, con la ayuda de su hermano Ahmad.

El concepto de familia está muy arraigado en los fogones del Salam. «En Siria se habla de clanes», afirman dos hermanas que transmiten su familiaridad en el mismo momento que atraviesas la puerta. «Tenemos a comensales que vienen a diario… Que están esperando a que cambiemos el menú para probar cosas nuevas», indica Sucri. «Los que vienen por primera vez tiran más por lo típico… Por el humus, el faláfel…», añade Miriam, amante del dulce.

Cocineras por la influencia de su padre Soufyan, aún recuerdan como en la apertura, hace 17 años, entraron unos primeros clientes aún sin nada para ofrecerles, y su padre se puso el mandil. Dijo que «si querían comer había que darles algo». Esa actitud resume el trato que el visitante puede esperar en el Salam.

El conflicto bélico de Siria

Se trata también de un gesto propio del pueblo sirio, donde las pretensiones económicas son mucho más modestas que en occidente. «Ahora mismo, en la ciudad de nuestra familia, en Deir el Zor, la situación es límite», advierte Sucri. De hecho, basta con teclear ese nombre en Google para darse cuenta de que se trata de la última gran población dominada por el Estado Islámico en Siria, y todo lo que eso conlleva…

«Echamos una mano a la familia, pero la última vez que nos pusimos a contar, llegábamos a las tres cifras de parientes… Los que han podido salir, lo hicieron en patera vía Turquía, y, desde allí, llegaron a Grecia. Luego se marcharon a Alemania o a Suecia», afirma Miriam. «Eso los pudientes. Los que se quedaron [silencio] A uno de nuestros primos le explotó una bomba en la puerta del taller y le voló la cabeza…», añade.

No es de extrañar que la conciencia social del Salam sea reconocible en cualquier visita, donde el comensal puede comer unos chipirones con cuscus o humus con aguacate, mientras contempla una exposición sobre la crisis de las personas refugiadas con pinturas de artistas griegos; o quedarse a la sobremesa para recibir un curso de cocina árabe. «Al fin y al cabo, no es tan distinta de la española. Somos de influencia mediterránea, y nos gusta compartir, innovar y fusionar», concluyen. Toda una declaración de intenciones. Buen provecho o ‘¡saha!’.

Restaurante Salam